El caso del sepulturero asesinado

En el tórrido agosto de 1911 un crimen conmocionó a Aragón. El cadáver de un anciano, el sepulturero de Alagón, apareció en el Canal Imperial. Aunque había indicios que apuntaban a un suicidio, el hecho de que dos años antes se hubiera producido un suceso parecido, el ‘crimen del abuelo’, desató todas las alarmas. Un enviado especial de HERALDO contaba esto en el periódico:

Un misterio que intriga a los jueces y que aviva el interés público envuelve el cadáver aparecido recientemente en el Canal. ¿Es un crimen o es un suicidio? Es la misma interrogante de aquel hallazgo que se convirtió en ‘el crimen del abuelo’: es un suceso de circunstancias idénticas. Y ahora, como entonces, cumple a nuestra labor de informadores el exponer al lector con todo detalle lo actuado por autoridades y policías, y el relatar cuanto acertemos averiguar interesante al descubrimiento del suceso.
Un redactor del HERALDO, el Sr. Gómez, fue ayer a Alagón, para donde salió un inspector de vigilancia, enviado por el juez. Los lectores juzgarán del interés de esta primera jornada en los trabajos conducentes al esclarecimiento del misterio. El suceso será un crimen o un suicidio vulgar; pero todo  tiene trazas de un folletón emocionante. Como es, simplemente, lo relatamos.
El cadáver encontrado el martes flotando sobre las aguas del Canal, es el de José Hernández Hernández, sepulturero del próximo pueblo de Alagón. Esto es hecho cierto y probado. Las señas personales y las de las ropas del ahogado coincidían en un todo con las del sepulturero desaparecido un día antes del hallazgo de aquél. Ahora bien, ¿José Hernández murió asesinado? Así es lógico pensar, considerando las heridas que en diferentes partes del cadáver apreciaron los médicos. Unas de palo, otras de cuchillo y algunas de punzón.
Por el contrario, ¿Hernández atentó contra su vida arrojándose al Canal?
Así se inclina a creerlo la mayoría de los vecinos de Alagón; pero nadie, naturalmente, sabe explicarse lo de las heridas del cadáver, y en cuanto se meten en consideraciones
sobre este tan importante extremo, es cuando surgen la duda y la confusión y ven crecer el misterioso desarrollo de este hecho. Es preciso que apuntemos el siguiente detalle, que explica perfectamente la creencia en estos vecinos de que se trata de un suicidio.
El sepulturero, no una sola vez sino en varias ocasiones, expresó sin recatos de ningún género a sus amigos que estaba ya cansado de la vida y que en cuanto le faltaran
fuerzas para ganar el sustento, atentaría contra ella antes de pedir limosna. De una conferencia celebrada entre el jefe de policía y el juez de Instrucción de San Pablo, salió la orden de que marchara a Alagón un inspector para efectuar importantes diligencias. Y para indagar algo relacionado con estas pesquisas, sigue tras del policía el repórter, para informar ampliamente a los lectores de este misterioso suceso. Al caer de la tarde llegamos al vecino pueblo de Alagón. Nuestra llegada causó la natural curiosidad entre los vecinos.
Pronto satisficimos esta curiosidad, pues en cuanto tuvimos ocasión trabamos conversación con un grupo de obreros, que poco a poco fue aumentando. Todos contestan muy solícitos a nuestras preguntas. José Hernández, el hombre que ahogado apareció en el Canal, era conocido por todos nuestros interlocutores. Con ninguno tenía resentimientos de ningún género, y al decir de los vecinos contaba con el general aprecio.
Muy contados fueron los que tuvieron el primer día noticia de su desaparición, cuyos detalles conocieron al día siguiente. por el HERALDO.
¿…?
-No les quepa a ustedes duda que el anciano sepulturero se arrojó él mismo al Canal. En varias ocasiones nos dijo que ya se iba volviendo viejo, que le iba faltando el pan y las fuerzas para ganarlo, y que antes que pedir limosna se mataría.
-¿Y las heridas?
Todos callan; ninguno contesta. Alguno que otro levanta su rostro y, enfilándonos la mirada, parece como si quisiera devolvernos esa pregunta para que fuésemos nosotros quiénes diéramos la respuesta. Roto el silencio, se oyen frases de ‘¡pues es raro! ¿quién ha podido matar al señor José?’. Pregunta es esta vecinos, a la que no os puedo contestar.
Esperemos pacientes los acontecimientos y punto en boca, que tienen la palabra los encargados de aclarar el suceso.
En las primeras horas de la mañana del martes el celoso jefe del puesto de la Guardia Civil, D. Benito Ardolfo, se personó en la casa en donde habitaba con su familia el anciano José Hernández. Interrogó detenidamente a la viuda e hija, pero nada pudo sacar en concreto de las manifestaciones de ambas mujeres. Ya veremos, más adelante, cómo estas refieren la desaparición del sepulturero. El cabo de la benemérita practicó un minucioso registro por todas las habitaciones de la casa, sin que encontrara nada que le infundiera sospechas.
En un sótano vio el cabo dentro de un puchero un punzón y un cuchillo y tomó buena nota de este detalle, que juzgó de importancia en vista del dictamen que los médicos dieron de las heridas que se apreciaron en el cadáver.
La victima vivía con su mujer, una hija casada que estaba separada de su marido y un nieto de 14 años que trabajaba en la Azucarera.
Un hijo del sepulturero, que es el padre de este niño de 14 años, cumple actualmente una condena de 14 años que le impuso la Audiencia de Zaragoza por haber dado muerte violenta a un guarda.
El marido de la hija perdió el brazo izquierdo de un balazo.
En Zaragoza no tenía más parientes la víctima que un sobrino carnal, que prestaba sus servicios como camarero en un café del paseo de la Independencia.
Mientras adquiríamos los detalles que dejamos consignados, el inspector de policía Sr. Andeyro y el agente Sr. Miralles cambiaron impresiones con el alcalde señor Alegre, el juez municipal Sr. Vera, el secretario y el cabo de la benemérita. No había aún transcurrido media hora de nuestra llegada y ya dichos señores se habían constituido en la secretaría del ayuntamiento para recibir las declaraciones de la familia de la víctima y de algunos otros testigos que inmediatamente fueron citados.
Antes de la llegada del Sr. Andeyro, la benemérita había realizado activas pesquisas durante la noche anterior. 
La primera declaración fue la de la mujer del sepulturero.
A pesar de la natural reserva con que se practican las diligencias, pudimos apuntar algunas de las manifestaciones que sin duda hizo la declarante. Llámase ésta Antonia González Barbó, tiene 72 afíos y es natural de Alagón. Cuando hablé con ella, me aseguró que ignoraba el paradero de su marido, así como también para qué la habían hecho venir. La respuesta era extraña, pues no hacía muchos minutos que oímos asegurar que un pariente suyo la dijo que su marido se había ahogado en el Canal. Nos refiere en la siguiente forma la desaparición del sepulturero.
-El domingo por la noche nos pareció oír que la campana había tocado a ‘mortichuelo’ (niño muerto). Al día siguiente pregunté a mi marido si tenía fosas abiertas, a lo que me contestó que no, pero que haría un par de ellas. Yo entonces le dije que no se levantara puesto que estaba malo.
-¿Qué tenía su marido?
-Pues un ‘colerín’; un mal al estómago, vamos. A pesar de lo que le dije, se levantó, se tomó una jícara de chocolate y marchó.
-¿De mal genio?
-Nada de eso.
-¿No tuvo usted una disputa con su marido?
-Cá, no señor. (Más tarde confiesa esa disputa).
-¿Qué más me dice, abuela?
-Cuando ya se había ido, encontré la llave del fosal y entonces me dije: ¡Tama, mi hombre no ha ido allí pues! y entonces fui con la hija y temíamos ¡que sé yo! una mala idea,
-¿Cómo una mala idea?
-Vaya, que… como.
-Vamos, abuela, para acabar, ¿qué reyerta tuvo usted con el Sr. José?
-Yo, ninguna.
-¿Cómo le dijo usted, pues, al médico que sí habían disputado?
Insiste en su negativa y niega también que en su casa hubiera ningún punzón. Un alguacil cortó nuestro coloquio, pues la abuela era llamada a declarar. Cuando terminó, hicimos por informarnos de su declaración. Seguramente que coincidió con lo que dejamos consignado. Oímos decir que la abuela incurrió en infinidad de contradicciones y se obstinó en algunas negativas.
La hija del sepulturero declaró después de su madre. Se llama Felisa Hernández y González, es casada y tiene 41 años. Como hemos dicho está separada de su marido. Me hizo las mismas manifestaciones que su madre y es lógico suponer que en esa misma forma declarara ante el inspector de policía. Se esfuerza en demostrarme que no sabe nada de lo que le ha pasado a su padre.
-¿No sabe usted que ha muerto?
-¡Que no, señor!
Cierta será la respuesta, pero el hecho es que anteayer vestía de color esta mujer y ayer se puso de negro. Este cambio de ropa no acierta a explicarlo.
-¿Le ha dicho a usted un primo suyo llamado Santiago que a su padre se le había encontrado muerto en el Canal?
-Sí.
-¿Cuándo se lo dijo?
-Ayer.
Ayer se lo dijo y hoy dice que nada sabía. Se advierte que estas pobres mujeres están atolondradas. No lo sé; ni es misión nuestra indagarlo. Apuntamos detalles. Recordarán los lectores que la esposa de la víctima nos negó rotundamente que sostuviera disputa alguna con su marido el día en que éste desapareció, a pesar de que el médico, según propia manifestación, había dicho lo contrario. Sin duda la sepulturera se obstinó en la misma negativa al prestar declaración, por cuanto se ordenó un careo entre el médico y ella.
Esta diligencia dio por resultado el que la mujer llegara a decir que efectivamente había disputado con su marido, añadiendo que la disputa fue de poca importancia.
Fue el niño Gil González, el que más reposadamente respondió á nuestras preguntas. En contradicción con lo dicho por su abuela, nos dijo que él estaba en casa el día que desapareció su abuelo.
-¿Por qué disputaron?
-Pues porque la abuela no quería que se levantara el abuelo y para que no saliera le fue a quitar el ceñidor (la faja) y entonces el abuelo se enfadó y casi la pega.
Dice que el mismo día de la desaparición tuvo noticia de ella.
-Y tu abuela, ¿cuándo lo supo?
-El mismo día también.
Habla luego de tres punzones que guardan en su casa. Dice que uno de ellos lo recogió ayer del Cementerio y que lo fue a recoger con su madre.
-¿Quién crees tú, muchacho, que podría querer mal a tu abuelo?
El niño dice que si acaso los ‘Carrañas’. Estos ‘Carrañas’ son hijos del guarda que mató su padre. He preguntado a muchos vecinos de Alagón qué concepto les merecen los ‘Carrañas’ y todos me han dado de ellos inmejorables referencias.
El niño Gil prestó después declaración, que duró desde la una de la madrugada hasta las d0s y media. Terminó la declaración y vimos salir de la Casa de la Villa al niño Gil, con su abuela y una pareja de la benemérita. Momentos después regresaban. Uno de los guardias llevaba en la mano tres punzones y dos cuchillos que habían encontrado en casa de la víctima. El niño fue quien indicó donde estaban los punzones. Uno de ellos y un cuchillo estaban dentro de un puchero que había en un rincón del sótano.
Además de la familia de la víctima declararon otros testigos, algunos de los cuales, parece que hicieron manifestaciones de algún interés.
Son las cuatro de la madrugada y nos permitimos todos el lujo de descansar hasta las cuatro y media. A esa hora nos encaminamos hacia el cementerio, pasando por el mismo camino que debió llevar el sepulturero el día que se marchó de su casa para no volver. Mientras este paseo realizamos, los agentes de policía y la benemérita se dedican a practicar otras diligencias de importancia. Aún duran éstas a las diez de la mañana, hora en que envío estas cuartillas. Los primeros que van a declarar en cuanto termine el niño Gil, que ha prestado nueva declaración, son los Carrañas. Veremos lo que da de sí esta diligencia. Hago punto final, sin comentarios ni conjeturas de ningún género. Solo sí puedo anticipar, que el suceso puede que dé su juego; que se efectuarán varias detenciones y que… Estaré al corriente de todo, absolutamente de todo.

¡Qué tiempos aquellos en los que los periodistas podían interrogar a los sospechosos antes de que lo hiciera la policía! Total, que el caso parece que quedó en nada. Aunque la familia del sepulturero llegó a estar técnicamente detenida, fue puesta en libertad en cuestión de horas. Y del asesino, si lo hubo, nunca se supo.

Y mañana…
La calle a la que le estorbaba la Universidad

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Una respuesta a El caso del sepulturero asesinado

  1. muete dijo:

    Poco antes de anochecer, ahora la noche ya se ha cerrado, he escuchado un cuento basado en el suceso aquí descrito. Suceso terrible y cuento encantador.

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