La calle a la que estorbaba la Universidad

Volvemos con la serie de los reportajes sobre las calles de Zaragoza. El de hoy me ha parecido uno de los más interesantes: el Coso Bajo, la antigua Universidad, tristemente desaparecida, las mazmorras bajo el Winsor… Esto es lo que publicaba Milagros Heredero en febrero de 1969:

Doblada la esquina del reloj más exacto de la ciudad, por los nones; cruzada ya la calle de Espartero (don Baldomero); por los pares, el Coso nos muestra su tercera cara. ¡Quién pudiera, como él, tener tres a la vez! Parece apropiado que la cara de los domingos y días de fiesta fuese la primera, con su calle de Alfonso hacia el Pilar, su recato de bien, su solera… La de los días de compras, la segunda; desde luego, la que va de la plaza de España a Espartero es la más comercial; con sus adhesiones de calles ajetreadas y ricas, por los nones, como San Gil y San Vicente, y las estrechas de los números pares, estrechas pero activas y culturales, como la de Blancas… y todas las demás.
La tercera cara del Coso, la que desemboca en la plaza de las Tenerías, es, sin embargo, la más humana. La que tiñe, o mejor dicho empapa su trayecto de problemas cotidianos y urgentes, a más de uno descomunal, del que hablaremos ampliamente. Es una fisonomía para vivirla de cerca, para interesarse por ella luego de contemplarla. De las que cabe esperar mucho. Más, desde luego, de lo que pueda parecer por esa especie como de abandono, de desidia o tal vez cansancio con que lucha la calle a base de brío. Si bien se mira, esta lucha es la natural en un conjunto de viejo y de nuevo, de histórico y de apremiante.
Don Eugenio Sierra es el propietario del café Winsor. Señor interesante, con su pipa en la mano, su cazadora, su lazo rayado al cuello, sus ojos vivos y su compra diaria de tres HERALDOS para la clientela. La casa del Winsor fue en tiempos casa cuartel de la Guardia Civil de a caballo.
-Y aún existen las mazmorras abajo. Como café, se llamó primero de la Marianeta; luego, Ideal; luego, Romea, y, ahora, Winsor.
Interesa el Coso a don Eugenio Sierra y a don José Díaz, que está con él y es el veterano de las Tenerías. Antes, pasaba una acequia por esta acera, había andén en el centro. Eche usted cuarenta años. Verá usted, esta parte del Coso es la mejor, por lo larga, recta y ancha. Pero hay cosas en ella que no “pegan”: establecimientos mal puestos, viejos, que se prestan a caer.
Sigue con sus recuerdos:
-Es una calle interesante, lo fue siempre. Donde ahora está el Banco Español de Crédito estuvo antiguamente el almudí; ya sabe, donde se medía el trigo. Yo he leído que había una vía que unía la antigua fortaleza judía que daba al Coso con los baños árabes famosos que están por frente.

Y ya hemos topado, lector, con los famosos baños árabes, situados en lo que fue casa número ciento veintiséis del Coso, ahora solar, donde la periodista, por más que ha tratado de atisbar, desde fuera, no ha conseguido ver nada digno de mención.
-¿Sabe usted, don Eugenio, si se han respetado estos restos de los baños árabes?
-Pues naturalmente, yo creo que sí. Creo que se ve una puertecica desde fuera…
-Pues yo creo que no -dice don José Díaz, yo no he visto nada.
El lector puede verlo si tiene curiosidad y que Santa Lucía le conserve la vista muchos años, amén. De todos modos, por si no tiene la suerte de divisarlos, puede contentarse
de momento con la foto de nuestro archivo. Menos da una piedra.
Mis dos informadores me siguen ilustrando,
-En lo que ahora es Peipasa estuvo la primera Casa de Socorro que hubo en la ciudad, puede ponerlo. Daba por detrás al callejón de Pelegrín. Por cierto, ¿usted ha visto? En este callejón se reúnen  todos los gatos del Coso, allí hay una señora anciana que les da de comer.
-Antes, las Tenerías y parte del Coso se llamaban Puerta del Sol. Por allí, al finalizar el Coso, en una vieja carretería; allí se ha hecho el último carro que salió de Zaragoza. También, hasta hace poco hubo en esta parte del Coso una vieja fundición…
Don José Díaz, que fue durante mucho tiempo presidente de los festejos de Tenerías, no quiere dejar la ocasión sin añorar aquellas fiestas, alegría de la juventud, con sus doce cabezudos que pasaron. regalados, a La Almozara. En fin, costaban dinero las fiestas…
-Ahora, esto póngalo con letras bien grandes -me dice don Eugenio Sierra-, lo que ve mal todo el barrio es que, al derribar la antigua Universidad, no se haga después el edificio que merece Zaragoza y el Coso. Sobre todo, que no se respete el Coso.
Lo he comprobado. El vecindario del Coso, Tenerías y todos los sectores a los que directamente afecta, se alzan como un solo hombre para protestar contra el atropello. Con la vieja Universidad hubiesen transigido todo el tiempo que hubiera sido menester y toda la vida, me han dicho. Era un edificio vinculado a la Historia de Zaragoza y que costó muchos sudores al pueblo zaragozano, desde sus esferas intelectuales a las más modestas, que también contribuyeron con sus reales, después de la trágica destrucción
en la guerra de la Independencia. Todo esto bastaba para respetar la vieja Universidad y su situación nefasta, como tapón del Coso.
-Hoy no hay Universidad, hoy hay un solar a punto de sostener un edificio nuevo y este edificio nuevo debe someterse al orden, a la línea que marca una calle, un tráfico.

Como Fuenteovejuna, todos a una, la voz del Coso, y yo creo que la de todos los zaragozanos, se levanta contra el invasor. Y digo invasor porque, según me cuenta don Antonio Maicas, los nuevos planos han venido de la Administración central.
-De un arquitecto -me sigue diciendo- que habrá estudiado fríamente sobre un plano una situación-solar. Yo me pregunto, y se preguntan la mayoría de los zaragozanos. ¿Conoce este señor Zaragoza? ¿Sabe lo que está haciendo?
Ante mi mesa, don Antonio Maicas está acompañado de don Carlos Mínguez y don Eduardo Bringola. Ambos representan la comunidad de condueños de la casa número
157, última de la acera impar del Coso, de reciente construcción y en línea racional con la calle.
-A nosotros nos hicieron meter unos metros con vistas a la futura anchura de la calle. Nos pareció muy bien, porque era un bien para todos. Con el derribo de la vieja
Universidad, todo el mundo esperaba que se aprovechase la ocasión para que el nuevo edificio que, lógicamente, durará muchos años, mantenga esa misma línea. Nuestras
noticias son qué que no va a ser así, lo cual supone un atropello a la ciudad.
Un atropello con muchas consecuencias -me siguen diciendo-.
Efectivamente, esos metros de más que estrechan la calle del Coso originan un estrangulamiento fenomenal que, hoy por hoy, no deja pasar dos autobuses ni trolebuses juntos.
Dado que el lugar es vía pública, con un tráfico continuado de autobuses y trolebuses, la persona que tiene ojos en la cara puede ver lo descabellado de la situación.
-Por otra parte -añade don Carlos Mínguez- el nuevo edificio va a ser Instituto de Enseñanza Media, lo que quiere decir aglomeración de muchachos de distinta edad. ¿Cuántos atropellos físicos, cuántos accidentes graves puede ocasionar esta estrechez?
-Mire usted, esto, de verdad, no está guiado de ningún interés, nos hace daño como zaragozanas.
La voz de don Antonio Maicas es ardiente, con la pasión que da la defensa de la razón contra la barbaridad.
-Tengo entendido que el Ayuntamiento de nuestra ciudad encargó a un urbanista de Madrid, señor Larrodera, el proyecto de reforma interior de la ciudad. También
sé que este señor dejó intacto el edificio de la vieja Universidad, tal como el Pilar o Santa Engracia. Mire usted, es ahora cuando ese arquitecto afecto al Ministerio de
Educación y Ciencia, como repito, ha tomado el plano en frío. Y le digo más: si se lleva a cabo ese edificio tal como creo está concebido, aunque nos lo hicieran de oro,
no lo queremos. Nos mata el sentido común de Zaragoza. Algo muy serio para que muera por un simple edificio nuevo.
El señor Maicas apoya las opiniones de sus acompañantes:
-También pienso que esa angostura está abocada a ser causa de accidentes mil. Y desde aquí acuso al responsable, que puede ser uno solamente; pero que, de ahora en
adelante, acuso también a todos que con su pecado de omisión no colaboren en rechazarlo diciendo ¡no, no, no! a esta imposición, falta de sentido común, absurda, ilógica,
inverosímil. No olvidemos que por esta garganta caprichosamente originada pasan muchas niños y ancianos…

Continúa el Coso Bajo resucitando hacia abajo. Hay alguna casa nueva, entre la mayoría que son ya viejas. Hace poco se ha puesto un excelente hotel-residencia, que da vitalidad a la calle. Algunos comercios modernos… Pero todavía la nota, el carácter de la calle, hoy por hoy, está en su parte vieja, pasada. En los recuerdos que dejaron algunas industrias.
Por ejemplo, Calzados La Moderna, que confeccionaron botas militares altas para muchas personalidades de España, entre ellas al príncipe Juan Carlos. En la entrada de la calle San Agustín, semiesquina al Coso, la Zona de Recaudación de Contribuciones.
-Era curioso -me dice un vecino-, por sus grandes filas para pagar. Hoy, con la mecanización bancaria, no es tan fácil verlas…
Hay también una tienda -una “fábrica”- de patatas fritas, de donde salen vagones enteros de patatas finamente partidas en rodajas y convenientemente fritas, como es natural…
Sobresale, y todo el vecindario del Coso lo comenta cuando viene al caso, como ahora, la vecina casa de los primeros números de la calle Palomar. Viejísima casa que aún conserva y muestra la huella de las metrallas de la guerra de la Independencia. Sobre el Coso Bajo se proyecta el recuerdo de la defensa de San Agustín. En donde debió de estar esta iglesia se alza hoy Intendencia, al fondo de la calle de San Agustín.
En el Coso Bajo, lo monumental, lo rico, le viene por su acera impar. Por ahí, asoma el costado del viejo seminario de San Carlos. Por ahí asoma la bella y embellecida torre de la Magdalena, tan esplendente, tan enhiesta, dando tanta satisfacción a sus parroquianos. Con sus maravillosos reflejos verdes, alegres a la vez que parroquiales. También la vieja y llorada Universidad estaba en la ladera izquierda de la calle… La acera derecha exhibe una serie de callejas largas y estrechas, sugeridoras, que culminan en la de las Arcadas, un poco retorcida, llena de misterio. Misterio que viene a materializarse en los últimos restos, vestigios en realidad, de viejas murallas, al fondo de su acera impar, que desemboca en Alonso V.
También hay una calle estrecha en el lado izquierdo del Coso. Estrecha y cortísima. Es la de Trinidad, a la que también afectan mucho las dimensiones del nuevo edificio. Su vecindario espera que la nueva construcción le deje un poco más de vida, o mejor dicho, de aire para respirar. Ya en lo que es plaza de Tenerías, hay dos indicadores: Barcelona-
Huesca; Castellón. Don Mariano San Agustín me dice, a propósito de esto.
-Sí, usted no sabe en el verano. Muchos domingos, después de salir de la Magdalena, el vecindario somos como un pueblo; nos gusta a los hombres tomar un aperitivo o fumar un cigarrillo a la puerta de la parroquia… Pues muchas veces se acercan los turistas: ¿Para, Barcelona, por favor?
-Por allí… -señalamos nosotros-. ¿Por allí? -repiten ellos extrañados. Sí, sí, para Barcelona, es por aquello estrecho.
Y salió por diezmilésima vez, “lo estrecho”, la extorsión, el atropello. No he resistido la tentación de entrar en la antigua carretería, con esto de las canciones de moda, de los ejes engrasados y la nostalgia y el énfasis que se le puede dar al detalle, la verdad… Interesa ver de cerca un sitio así o se lo cree una.
-Ya no los hacemos -me dice Antonio Royo-. Ya no se solicitan, claro. Mi abuelo fundó este taller, lo continuó mi padre y yo lo viví y llegué a trabajar de pequeño.
Hay un señor mayor en el taller. Es él quien me da más detalles.
-Las maderas de los carros eran buenas. Maderas de olmo, de encina. Aquí se hacía todo el carro completo. Hasta los hierros, todo.
-¿Tardaban mucho en hacerlo del todo?
-Hombre, según qué clase de carro. Uno bueno ya se llevaba el mes de labor… Un mes entero…
-¿Y cuánto venía a valer el carro?
-Los últimos ya costaban siete mil pesetas, ya…
Ahora es un taller de remolques. Más productivo, más de acuerdo con los tiempos también. Los tiempos cambiaron asimismo para la última tienda de comestibles del Coso Bajo. Don Carlos Arruga me lo va diciendo.
-Sí, antes no había nada. Ni nadie de clientela. Antes nos limitábamos a treinta o treinta y cinco señoras. Lo que se decía: “la tía Tal, la tía Cual o la señora Fulanita y la señora Menganita”…
Eran las costumbres. O las confianzas, que dicen que dan asco…
-Ahora, damos gracias a Dios, hay más clase media por aquí. Hay barrios nuevos que redundan en el comercio. Se paga al contado. Está mejor. Va a mejor.
Lo que no parece ir muy de prisa a mejor es esta lastimosa plaza de las Tenerías. Con sus bancos solitarios… ¡Cualquiera se sienta en ellos teniendo a los pies tanto barro! Hay un sol maravilloso, sin embargo. Cae a raudales sobre la triangular plaza de las Tenerías. Parece que quiere decir que Dios no abandona a los pobrecitos. Porque a pobrecita no le gana nadie a la susodicha plaza. Lo que podría hacerse con otro “clima”, en ese pequeño triángulo, sería muy distinto. Lo llenarían de hermoso césped o, en su defecto, podría llenarse de fresca yerba. Hay unos árboles pelados, a los que la primavera ya se encargará de vestir. Pudiendo ser una placita amable, hermosa y muy alegre, la plaza de las Tenerías es una lástima. Con su petróleo y con todo. Indigno final de todo un Coso, tan zaragozano, tan rico en historia, tan vital. En este su último trozo, lleno de cartelitos de “pollo fino”, novelas a peseta y confecciones económicas. El problema que ha planteado el derribo de la vieja Universidad, ha puesto a todo ciudadano responsable en vilo. ¿Qué
pasará? ¿Nos vamos poniendo ya en lo peor?

Vamos, anímense a compartir sus recuerdos sobre el Coso Bajo y la plaza de la Magdalena…
Y para los que se hayan perdido alguna de las entregas anteriores, aquí va la lista:

1. La calle más elegante de Zaragoza.
2. La calle obsesionada con mantener la línea.
3. La calle más decadente de Zaragoza.
4. La calle de las muchas verdades.
5. La calle que no tenía nada malo.
6. La calle más llena de recuerdos.
7. La calle sentenciada a muerte.
8. La sede de los templarios en Zaragoza.
9. La calle con fiestas, Virgen y toro de fuego.
10. La casa, y  la calle, de las dos diócesis. 
11. La calle sin número 1 ni 7.
12. La calle del primer escaparate.
13. La calle que menos ha cambiado.

Y el lunes…
Un zaragozano, rey de los faquires

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Una respuesta a La calle a la que estorbaba la Universidad

  1. angelines dijo:

    En los años sesenta, vivía yo en la calle de Arcadas. Fui clienta de los Arruga, además mi hijo fue compañero del pequeño. Un saludo, si pasan por aquí.

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