El hombre que trabajaba… para vivir sin trabajar

 anuncio-copia

Ya en ningún sitio está uno a salvo de sustos. La semana pasada se había plantado ante la puerta de la frutería un señor vestido con una especie de esquijama rojo y capa verde. Era Tomatoman, que repartía tebeos a chicos y grandes para divulgar las cualidades del tomate que se cría en La Cañada-Níjar, Almería. ¡Qué curioso este invento de los hombres-anuncio! Debe de ser norteamericano y, como todo lo que se ha ideado allí, se extendió rápidamente por todo el mundo. Pero, ¿cuál fue el primer hombre-anuncio que tuvo Aragón?
No sé si el primero pero, en cualquier caso, pionero, fue Miguel Sánchez, que se hizo muy famoso en la Zaragoza de los años 30. Las anécdotas que circulaban sobre él eran innumerables. En el 33 lo entrevistó para HERALDO, ¡cómo no! el ‘enorme’ Emilio Colás, a quien tanto debe este no-blog.  El título era genial: “Los trabajos que tiene que hacer un hombre, para que luego se diga que vive sin trabajar”. Leamos una parte.

-Aquí donde usted me ve -nos dice Miguel Sánchez- en esto que parece una cosa tan fácil, de esta labor mía salgo rendido, agotado y, cuando termino la jornada de cuatro o cinco horas, tengo que acostarme porque no puedo más.
-¿Como un torero cuando sale de la plaza?…
-Exactamente. Mi trabajo, esto que a muchos les parecerá una diversión, es de lo más pesado que pueda imaginarse…
No. No se debe juzgar tan a la ligera la exhibición que hace por calles y plazas de su magra figura,este hombre singular. Este hombre, que unas veces aparece vestido con un magnífico traje de época, ‘a la Federica’, otras caprichosamente ataviado de botones (un ‘mensajerito’ demasiado crecido), bien puesto de etiqueta (smoking y zapato de charol) o tocado con un gorro de cocinero y de peto el delantal blanco… No. No debe tomarse a risa el trabajo de este ciudadano que se busca los garbanzos utilizando la mueca de su impenetrable y hermética seriedad. Cuando muy en sí mismo camina con pasos mesurados por esas aceras cuajadas de curiosos que, embobados, le contemplan, está desempeñando una verdadera función social. La de matar el hambre de él y de los suyos. Lo que no es poco en estos tiempos de crisis económica que corremos…
Miguel Sánchez, este mozo cenceño y escuálido, se ha dedicado a la muy noble profesión de propagandista -como pomposamente rezan sus tarjetas de visita-, porque un fracaso sentimental le hizo abandonar los escenarios donde ya comenzaba a actuar con relativo éxito. Se malogró el excéntrico, pero quedó, no obstante, el artista. Nuestro hombre se las ingenió como pudo. Ensayó sus aptitudes en algunos pueblos y, hace año y medio, aproximadamente, se presentó en Zaragoza.
Desde entonces no le ha faltado el trabajo y él confía en que poco a poco ha de conseguir su afán. Ser contratado en grande escala -no para un día ni para una semana- por toda una temporada para lanzar a los cuatro vientos, para propagar las excelencias de cualquier producto.
En tanto llega ese momento, Miguel, muy circunspecto, muy sereno y dueño de su papel, aparece en la vía pública dos o tres veces por semana anunciando, ora la solidez y baratura de un calzado, ora la inmejorable calidad de un tejido, o las magnificas condiciones nutritivas de los condimentos de cualquier restaurant.
Por cierto, que cuando ocurrió esto último -hace unos quince días escasos- Miguel, disfrazado de cocinero, salió a la calle portando una descomunal sartén en la que se enfriaba una paella suculenta. El hombre daba a probar los granos de arroz y algún que otro tropezoncillo a cuantas personas lo deseaban.
-Hasta unas señoritas -nos dice muy orgulloso y ufano- aceptaron mi invitación y deglutieron un par de cucharadas…
Porque, para que no se desperdiciase nada, usaba la cuchara en vez del tenedor…
-¿Y repartió usted todo el condumio entre el público?…
-No, señor. Casi toda la paella fue a parar al fondo de mi estómago.
Miguel tiene como principal virtud de su oficio el permanecer impasible a toda clase de chirigotas que se permita el buen público gastarle.
-Y no crea usted -se lamenta- que no tengo que aguantar a veces lo mío… Sin ir más lejos, la otra tarde una gitana muy resalada se me plantó en jarras, cortándome el paso, y me soltó la siguiente exclamación: ‘¿Y no te ríes nunca, mal ángel?… Premita Dios que te tragues un paraguas cerrao y lo tengas que devolver abierto…
-¡Se reiría usted!
-¡Poco me faltó para soltar el trapo! Pero se impuso a la gracia del chiste el concepto que de mi misión, cuando estoy en funciones, me he forjado…
-¿Y el público, en general, se ‘mete’ con usted?…
-¡Hombre!… ¡De todo hay! La otra mañana, un señor que estaba a la puerta de una peluquería, cuando pasé por su lado, dijo, no tan bajo que no pudiese oirle: “Lo que inventan algunos para no trabajar”… ¡Como si esto que yo hago no fuese trabajo!
Tiene razón. Su automatismo forzado tiene no solamente mérito, sino fuerza bastante para desequilibrar sus nervios bien templados. La prueba de que es trabajo, y trabajo forzado, es que no salen autómatas de estos cada día. Que a pesar de todo no abundan los ‘cara-dura’  que pechen con ganar un jornal de tan arbitrario modo y manera.
Claro que cada salida de esas que hace le produce un jornalito muy saneado. De treinta a cuarenta pesetas por sesión, según la esplendidez del cliente que contrata sus servicios. Y aunque de esta  cantidad ha de pagar cinco pesetas al Ayuntamiento como impuesto, aun le queda lo bastante para salvar su presupuesto familiar.
Pero lo más gracioso de todo fue cuando apareció por esas calles disfrazado de presidiario con el clásico traje a rayas, cargado de cadenas -aunque fuesen de mentirijillas-y al hombro un cartel en el que se leía “Soy un fugitivo”… Anunciaba una película que se exhibía por aquellos días en el Cine Goya, y quien más quien menos comprendía el significado de aquello.
Pero Miguel Sánchez no contó con la huéspeda. No contó con que, al igual que portaba las cadenas y los grilletes, debía de portar el recibito del arbitrio municipal. Y resultó que se lo había dejado en casa. Fue así como, frente a la misma Audiencia, un guardia municipal le dio el alto. Y, al comprobar que no circulaba con la correspondiente licencia, le detuvo y le condujo al Ayuntamiento.
¡Santo Cristo de La Seo, la que se armó! El ‘presidiario’ emprendió su calvario junto al guardia y recorrió toda la calle de la Amargura -Coso, Cerdán, Mercado y Democracia- hasta llegar al Consistorio. Y como el espectáculo era por demás atractivo, los chiquillos se fueron aglomerando en torno al municipal y al ‘fugitivo’. Que cuando llegaron a la plaza de La Libertad iban seguidos de unos trescientos niños de ambos sexos…! Para la chiquillería zaragozana fue aquel un espectáculo tan atrayente como el de una salida de los Cabezudos.
Y para nuestro hombre una prueba de que a veces las ficciones pueden convertirse en realidad. Un presidiario fugado de la prisión que vuelve a ser detenido.

Caso curioso, el de este Miguel Sánchez. Me cuentan que hace bastantes años podía verse en la plaza de toros de Zaragoza a un hombre-anuncio disfrazado de botella de coñac. ¿Alguien recuerda de qué coñac? ¿Ha habido más hombres-anuncio sorprendentes en Aragón? ¿Los recuerdas? ¿Nos lo cuentas?

Y mañana…
Zorros en la avenida de Cataluña, halcones en la plaza de Aragón

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