La aragonesa que quiso ser el Tenorio

Natividad Zaro, según el pintor portugués Eduardo Malta

Aragón siempre ha tenido mujeres adelantadas a su época. Muchas han caído en el olvido o todavía no están consideradas como debieran. Una de estas fue Natividad Zaro, una joven de Borja a la que HERALDO siguió en sus primeros pasos como recitadora de poesía
-siendo aún niña, en su localidad natal- actriz y autora teatral. Formó parte del grupo de teatro madrileño El Caracol, y destacó por su espíritu lanzado y combativo. Todos los papeles que le daban los veía de cursis, y ella aseguraba, divertida, que quería ser  vampiresa. También quiso, pásmense, ser el Tenorio. Esta entrevista se publicaba en noviembre del 29. Se la hacía el genial Mefisto:

Nada más interesante al saber que Natividad Zaro está en Zaragoza, que cruzar unas palabras con ella; con esta muchacha inteligente y bellísima, que un día vio la luz en Borja, otro marchó de nuestra ciudad a Madrid, impulsada por el lírico afán de recitar poesías, y recientemente ha constituido toda la actualidad teatral de la corte al intentar encarnar en la escena de Maravillas la romántica figura de “Don Juan Tenorio”.
Natividad, que posee unos claros ojos inteligentes y expresivos, un hablar de candorosa colegiala, una preciosa figura gentil, nos va relatando ante una mesita de Gambrinus toda su breve historia de actriz…
-Comencé en “El Caracol”; en aquella combatida agrupación de nuevos luchadores, patrocinada por Rivas Scherif y bien orientada por Azorín y otros intelectuales, ávidos de introducir modernidad a nuestro teatro. El título de “Teatro de vanguardia” asustó un poco a la gente, y bien sin razón fue… Se hacía arte puro; contábamos con trescientos asociados, cuyas cuotas eran suficientes para sufragar todos los gastos, ya que todos -autores, actores, actrices- prestábamos nuestra colaboración desinteresadamente; por verdadero amor al arte. Pero, de un modo insinuante primero, rotundamente después y sin saber porqué,
desde luego, se nos declaró guerra a muerte… ¡Ya ve usted… Se llegó a decir de nosotros hasta que, bajo el manto de Talía, se ocultaba un peligroso grupo de conspiradores!… Pero que había en “El Caracol” una orientación artística acertadísima, era indiscutible; lo demostrará el hecho de que cuando nadie conocía a Valentín Andrés, ya su comedia modernísima, de éxito clamoroso, la revelación y la obra del año, “Tararí”, estaba admitida por nosotros y dispuesta para los ensayos. No hubo empresa ni director que “viese” su mérito, cuando la aceptó para su repertorio “El Caracol”.
-Antes y después de esto -continúa refiriéndonos Nati- intervine en varios “recitales” de poesía, en importantísimos centros de cultura, y he actuado como actriz, únicamente en la Latina y en Maravillas.
-¿Y su extraño deseo de hacer el Tenorio?
Aquí nuestra gentil paisana nos repite las palabras que dijo recientemente a Olmedilla:
-En primer lugar quise hacer el “Don Juan” porque literariamente me seduce su figura. Si como concepción humana le desprecio, como héroe dramático me interesa extraordinariamente en la espléndida obra de Zorrilla. Aparte de que me seduce la idea de encarnar ese personaje tal cómo se ve hoy por Marañón y otros exégetas: como un tipo anormal, sexualmente pervertido y equívoco. Así quiero yo interpretarlo un día sobre la escena, con una silueta intermedia, entre viril y femenina, con cierta gracia de líneas imprecisas en la figura y un acento entre cruel e irónico; más que arrebatado, cauteloso; más que inconsciente en su ímpetu magnífico, sarcástico, sádico, casi…
-Y ¿por qué no llegó a darse esta representación?…
-…No pudo ser: habíase dispuesto para aquella noche una solemnidad artística: iban a concurrir Marañón, Jiménez Asúa, Cañedo y… contra nuestra voluntad, no pudo hacerse este Tenorio.
-Y ahora, ¿proyectos?
-No sé: Irene López Heredia regresa a España en enero; Rivas quiere, ya libre de compromisos con tal compañía, organizar una empresa de arte y… ya veremos.
-Pero es que a usted no le gusta nuestro teatro clásico.
-Ya lo creo ¡y muchísimo! Lo que me gusta menos es este tipo teatral de ingenua, ñoña e insubstancial que ahora priva en nuestra escena. Me gusta nuestro teatro clásico y en general el teatro de ideas; que se diga algo, que pase algo, que haya una emoción espiritual, un deseo de renovación, una inquietud; algo… Que nuestras representaciones escénicas sean algo más que el bicarbonato de los espectadores bien comidos; que se intente llevar
al público a los teatros, por una sugestión de arte: nuestro “Don Álvaro” ¡admirable!; tanta ingenua con una única aspiración de boda de conveniencia ¡detestable!…
-Pero, entre estos autores modernos…?
-¡Los hay que harían cosas, pero tienen miedo! El más joven de ellos
-Suárez de Deza- nos lo confesaba así, sinceramente, no hace muchos días…
-¿Va usted a estar mucho tiempo en Zaragoza?
-Hasta fin de mes; luego otra vez a Madrid de nuevo.
-¿Está usted satisfecha de estos comienzos de su carrera artística?
-Casi, demasiado… Me han concedido un crédito que no sé si podré pagar con mi arte…
Natividad no lo sabe, pero nosotros, sí. Porque es una muchacha cultísima, inteligente; posee un claro criterio de la realidad; ha estudiado nuestro teatro concienzudamente y todas estas cualidades abonan su triunfo. Ya, cuando nos despedimos, quiere sorprendernos la actriz…
-Ah, no crea usted que en Zaragoza pierdo el tiempo: he terminado una comedia y voy con la segunda…
-Pero ¿también autora?
-También autora.
-¿De vanguardia?
-Allá veremos…
Y se alegra toda, con una sonrisa blanca y cordial, que -como dijo Rubén de la de Vallle Inclán- “es la flor de su figura…”.

Y mañana…
El Real Zaragoza de Caracas

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