El hombre más habilidoso de Calatayud

Como hay lectores que se quejan de que solo saco noticias y personajes de Zaragoza, hoy traigo a la Tinta de Hemeroteca este personaje que muchos bilbilitanos recordarán. A Lorenzo Melero le entrevistó J. J. Benítez en 1971:

Don Lorenzo Melero es casi un mito. Todo Calatayud ha acudido a él en alguna ocasión. Todo Calatayud le quiere y le admira. Hoy, don Lorenzo, con el pelo arrasado por la blancura imperdonable del tiempo, con sus manos arrugadas y su aire bonachón descansa y ve pasar los días en silencio. El fue el hombre más habilidoso -y creo que no me equivoco- de todo Calatayud.
Tenía seis años cuando se acercó a un taller. Y ya jamás pudo matar aquella fiebre insaciable que para él suponía el trabajo. Cuando fuimos a verlo se encontraba allí, junto a la ventana soleada. Noventa y dos años -casi todos dedicados al trabajo- no habían pasado en balde.
-Así que usted, don Lorenzo, ha ejercido casi todas las profesiones.
Don Lorenzo esbozó una leve sonrisa. Y su hijo don Juan Cruz contestó por él:
-Puede asegurarlo con toda certeza. Creo que, salvo sastre, lo ha hecho todo. Tan pronto le veía usted arreglando una máquina de coser, como un paraguas, una silla, una bicicleta o una máquina de hacer formas para la consagración. Era un caso.
-Pero usted aprendería en alguna parte…
-No -respondió levemente don Lorenzo-, era algo que salía solo. Me traían las cosas y yo las miraba. Después, sin saber por qué, daba con el asunto y las dejaba en su punto.
La habilidad de don Lorenzo corrió rápidamente por toda la ciudad. Y en su pequeño taller de la plaza de Fernando el Católico fueron amontonándose los utensilios más dispares.
-En aquel taller -comentó don Juan Cruz- ocurría algo curioso en verdad. Los amigos de mi padre, que conocían sus artes y manejos, acudían a diario y se sentaban allí, en pleno taller, a contemplar cómo trabajaba. Recuerdo que Lorenzo, en muchas ocasiones, ni siquiera les miraba. Se enfrascaba de tal forma en lo que hacía que se olvidaba del mundo.
Las manos de don Lorenzo se habían convertido en algo prodigioso, casi imprescindible para las pequeñas y grandes cosas de la localidad. En cierta ocasión -y así nos lo narró su hijo- se estropearon algunas de las cajas fuertes de la ciudad. Y, por supuesto, llamaron con ansiedad a don Lorenzo. Y el bueno del artesano -ante el asombro de la concurrencia- consiguió abrirlas limpiamente.
-Y que conste -subrayó don Juan Cruz- que jamás había tenido una experiencia semejante.
Pero una de las grandes habilidades de don Lorenzo -y quizás su auténtica vocación- fue la restauración y talla de muebles. Y logró superarse hasta el mismísimo límite del arte.
-En efecto -confirmó su hijo-, Lorenzo trabajó muchos años en la restauración y sus muebles -de estilo español y Renacimiento- se llegaron a exportar, incluso, a Estados Unidos. Aquello fue antes de la guerra.
Don Lorenzo, además, supo compaginar su habilidad con el conocimiento del arte y de las antigüedades. Y su experiencia traspasó también los límites de Calatayud.
-De todas partes -explicó don Lorenzo- me traían cuadros, tallas y obras para que les dijera si eran buenas.
Don Lorenzo llegó a formar en su hogar todo un museo de antigüedades. Y ese sentido del arte fue lo que quizás impulsó a don Lorenzo Melero a trabajar los pianos. Porque el gran artesano de Calatayud fue también el mejor afinador de este tipo de instrumentos. Le bastaban su oído, un diapasón y la llave.
-Los órganos y organillos -apuntó don Juan Cruz- tampoco se le resistían. ¡Cuántas piezas fabricaría…! Y nunca hubo una sola queja.
Al contrario. Hablando minutos antes con el alcalde de Calatayud, don José Galindo, nos comentaba también la gran destreza de don Lorenzo.
-En cierta ocasión -aseguró don José Galindo- vino a Calatayud un gran pianista alemán. Y
al sentarse frente al piano quedó maravillado. Inmediatamente preguntó quién era el afinador. Y, por supuesto, se trataba de don Lorenzo Melero.
-¿Cómo logró usted ese gran equipo de herramientas que, indudablemente, necesitaba para trabajar?
-No tenía casi material. No sé si me creerá, pero así era.
-Entonces, ¿cómo se las ingeniaba?
-Con las manos y cosas sencillas. Todo consistía en encontrar el “truco”.
Ahora, desde esa atalaya privilegiada de los noventa y dos años, don Lorenzo lo mira todo con sencillez. ¡Quién le iba a decir a él que aquella gran habilidad suya pudiera interesarle a la gente! Sin embargo, así era. Los vecinos -todos- de Calatayud no lo han olvidado.
-Pero una de sus grandes experiencias -prosiguió don Juan Cruz- fue trabajar en la fábrica de medias. Se las sabía todas. 
-¿Nunca cayó usted enfermo?
-Nunca. Salvo los catarros de rigor, nunca. Y trabajé durante más de setenta y cinco años.
Don Lorenzo está orgulloso de ello. Cuando terminaba el trabajo -así lo recordó él- cogía la llave del patio y caminaba y caminaba por la ciudad. Siempre solo. Tenía multitud de amigos, pero aquella hora sagrada del paseo la dedicaba a sus recuerdos, a sus meditaciones, a sus preocupaciones.
-La voluntad férrea de mi padre -subrayó don Juan Cruz-, quedó bien patente en cierta ocasión. Siendo todavía un muchacho se pegó una perdigonada en un costado. Y supo aguantarse de tal forma que jamás se enteraron en su casa. Todavía conserva la cicatriz.
Y es más. Hasta hace pocos años, incluso, le salían todavía perdigones por la piel de la planta del pie.
-¿Del pie? ¿Pero la perdigonada no fue en el costado?
-En efecto. Pero al no curarse y conservar los perdigones en dicho costado durante más de setenta años, con el tiempo se le fueron deslizando por el cuerpo y terminaban por salir a través de la piel de la planta del pie. Los médicos lo han visto y pueden atestiguarlo.
Aquel hombre habilidoso, de carácter de acero, escuchaba en silencio. Con mirada beatífica.
A él acudió todo Calatayud. Y él supo contentar a todos. Una vez, arreglando una cerradura. Otra, sacando de apuros al carpintero, y otras muchas echando una mano para solventar las difíciles pequeñeces cotidianas.
-¿Nunca le han hecho un homenaje?
-No.
Sin embargo, don Lorenzo Melero lo merece. Nadie como él ha sabido tanto de la destreza.

Y mañana toca otro reportaje de la serie de las calles.
Y mañana…
La calle de los tres colegios… y ningún semáforo

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