La calle con tres colegios… y sin semáforos

Pues la calle que necesitaba urgentemente semáforos en 1969 era la de San Vicente de Paúl. Hoy ya no hay tres colegios en ella, desgraciadamente, porque la hacían muy animada. Este es el reportaje que se publicó en HERALDO:

 

La calle de San Vicente de Paúl es corta y se nos hace larga. Es estrecha y la imaginamos ancha. Es importante -la más amplia del Coso- y, recorriéndola, se empequeñece.
La calle de San Vicente de Paúl es, evidentemente, una calle que no aprovecha lo suficiente
su situación estratégica urbana. Siendo de reciente construcción, tiene un aire de algo viejo. Es el espíritu, tal vez, de las callejuelas que nutrieron su ser y que, según el cronista de la ciudad, fueron: Cíngulo, Conde de Alperche, Chantre, parte de Garro, Graneros, Grillo, Laberinto, Lezaún, parte de Monserrate, Olivo, plaza de la Cebada, plazuela de la Leña, plazuela del Reino, plazuela de Talayero, plazuela de Tejedores, Red, Retiro, Rosa, Sartén y Yedra.
Comercialmente, hay una mezcla curiosa de establecimientos de primera, de segunda y de tercera. Esta mezcla hace que a la calle de San Vicente le acuda clientela fija de algunos otros sectores de la ciudad.
No es muy armónica la calle de San Vicente de Paúl. Con todo, pueden distinguirse en ella tres tramos bien diferentes, al decir de algunos comerciantes de la calle.
-No es como Don Jaime, no es como Alfonso, pero es una calle fina. Yo al menos soy una enamorada de esta calle -me dice la señora de Ferrer, y continúa:
-Hasta San Jorge es calle de primera categoría; de ahí a Mayor todavía sigue siendo buena. De Mayor en adelante va perdiendo… Como decimos en la jerga comercial, es calle «vacía»…
-¿A qué atribuye usted este ir perdiendo, cuando es una calle ancha, moderna y lo podría tener todo?
-Claro, los colegios. Ya se sabe que donde hay colegios el comercio tiene poco que hacer. Y, en San Vicente, hay tres por lo menos.
La señora de Ferrer está al frente de una tienda de muebles de artesanía. A través de sus muebles se acerca al público. Conoce muchas cosas acerca del público. Su clientela es más bien fija, de siempre. La noticia curiosa le llega a la señora Ferrer, en cambio, por la gente que entra, que se interesa por tal mueble o tal detalle, que pregunta y que finalmente… no compra.
-Al principio de venir aquí, que fue el año cincuenta y tres, me ocurrieron algunas cosas que pueden servir de anécdotas. Claro, los muebles son algo tan íntimo; las señoras que vienen a comprarlos o a mirar pues pasan a contarte sus cosas; te hablan de su marido, de sus hijos… A veces, cuando ya te han contado todo, yo les pregunto: “Y este mueble, ¿donde lo quiere poner usted?”. “Pues en tal sitio”. Pues, mire, no le va -les aconsejo yo-. Ponga esto o lo otro.

En algunas ocasiones la presunta clienta tiene iniciativas un tanto extrañas.
-Me sucedió al poco de venir. Entró una mujer de aspecto modesto. Quería una mesita baja para su hermana, decía ella. Me dio a entender que su hermana había estado sirviendo y se había casado con el «señor», viudo. Ella quería llevarle aquella mesa en un taxi, para que viese su hermana lo mona que era y lo bien que le iba a quedar en la salita. Pues bien,
yo se la mandaré con el aprendiz. No, no. Traeré aquí a mi cuñado para que la vea, dijo la clienta.
Pero…
-A los dos días volvió sola. Que, como su hermana necesitaba la mesita, ella se la llevaría en un taxi… De pagar no hablaba nada; figúrese, yo no sabía qué hacer… ¿Cómo la va a llevar usted? No, espere, que va a venir el aprendiz y la llevará… Esperó, pero el aprendiz no vino, y al fin se fue y no la he vuelto a ver jamás. Es una anécdota, ¿no? -dice la señora
de Ferrer, sonriendo-.
Otra señora, también al principio de abrirse el establecimiento entraba en él a eso de las cinco de la tarde y preguntaba los precios de todo a la señora de Ferrer.
-Y se iba a las siete. Así varios días; yo estaba harta. Por probar una vez, de un mueblecíto bar que teníamos de nueve mil pesetas le pedí tres mil. Cuando vi que no lo compraba no pude más y le pregunté por qué entraba a preguntar precios; le hice ver que le acababa de rebajar seis mil pesetas de un mueble y ni se había dado cuenta. Mire usted, si viene a pasar dos horas aquí, lo siento, pero no se lo voy a tolerar… Tampoco volvió más… ¡Menos mal!…
Por fortuna, después de pasados estos primerostiempos de la apertura, la señora Ferrer no ha tenido más clientela sospechosa. Afincada en San Vicente de Paúl, recibe a compradores y compradoras de otros lugares de la ciudad. Su perspectiva mira hacia el Coso, del Coso para arriba.
En efecto, es la característica más interesante de la calle de San Vicente de Paúl. En esta calle están el grupo escolar “López Ornat”, el colegio de las Hijas de San Vicente de Paúl y el de los Hermanos Maristas. Tres enormes colegios y… ni un semáforo. Ni una señalización que diga: “Precaución, escuelas”. Límite de velocidad… La primera noticia que tengo sobre esto me la da una niña de ocho años, Mary Tere Tejedor:
-Oye y puedes poner que nos pongan un semáforo, que cuando voy al colegio me veo negra para cruzar…
La señora de Tejedor mira a su hija entre sorprendida y admirada.
-Pues sí, es de horror, a la salida de los colegios, ver a los críos cruzar.
-La señora de Tejedor ha nacido en la calle de San Vicente de Paúl. No sabe bien por qué no sube todo lo que le permite su capacidad como calle. Aun así cree que va a mucho mejor.
-En fin, yo recuerdo que había más gitanos antes que ahora. Y conste que no tengo nada que decir en contra de ellos. Ahora hay un par de casas nuevas y unos buenos solares para construir…
El barrio, éste que acoge la vía arterial de San Vicente de Paúl, posee su movimiento propio de rotación y de traslación Y así como a nadie se le ocurre mandar a sus hijas a otro sitio que no sean las Paulas, y a sus chicos a los Maristas, tampoco tiene interés casi nadie en variar su ruta dominguera hacia el Pilar.
-Y como, en invierno, es una plaza tan soleada…
El colegio de las Hijas de San Vicente de Paúl es el de mayor solera del contorno. Esto no quiere decir que se muestre anclado en otros tiempos. Muy al contrario. Estoy hablando con la madre superiora, una monja joven, de amplia mentalidad. Me informa sobre la actualidad del colegio, que posee una matrícula de casi mil alumnas, repartidas de este
modo: bachillerato, que absorbe casi la mitad de la matrícula; enseñanza primaria, guardería infantil y la escuela de asistentes sociales.
-Este colegio, sor Catalina, ¿tiene alguna norma especial?
-Sí, como específico, las Hijas de San Vicente de Paúl tenemos un cuarto voto de servicio, en cualquier aspecto, a los económicamente débiles. En cualquier aspecto: social, moral, intelectual. Es decir, que este colegio no podría funcionar si no se tuviera en cuenta este voto en las matrículas.
Una tarea difícil la de “las Paulas”, como cariñosamente las llama el pueblo. Es difícil “mentalizar” a las familias. Los padres desean normalmente que sus hijos lleguen a más de lo que ellos llegaron, y este esfuerzo se ve en algunos momentos, pero cuando llega la hora crucial la mayoría retira a sus hijos de un posible porvenir y los pone a trabajar prematuramente.
Sor Catalina me habla de la Escuela de Asistentes Sociales.
-Una gran aliada nuestra. Muchas veces esta asistencia social, a la que nos debemos nosotras, no podemos realizarla nosotras mismas; me refiero a ciertos aspectos, a ciertas aportaciones a la sociedad de la que nuestra vocación nos aparta. Claro, entonces las asistentes sociales sí que pueden.
La asistente social, una profesión formidable. Útil para casi todo, y que, sin embargo, no sólo no ha calado en la sociedad, sino que hasta parece como si le cerraran las salidas profesionales. Cuántos centros, cuántas escuelas, cuántas empresas oficiales y particulares podrían sacar mucho provecho de la labor de una asistente social…
-También hemos incorporado, naturalmente previo estudio, unas clases complementarias artísticas: guitarra, pintura, ballet, trabajos manuales… Son muy interesantes para nuestra enseñanza, que no pretende sólo quedarse en lo instructivo, sino combinarse con lo educativo.
El ballet y la guitarra son las dos clases preferidas de las alumnas. Dentro de la primera, con distinta profesora, naturalmente, puede escogerse la especialidad de jota. Por todo cuanto me ha dicho sor Catalina veo que, efectivamente, “las Paulas” saben guardar su tradición, sin cerrarse a las modernas corrientes, y aprovechar su eficiencia. Todo ello también aprovechará a la calle de San Vicente de Paúl y contornos…
El garaje Palafox es otra de las características manifiestas de la calle. Este garaje con pinta de palacete, casi más que el auténtico de Palafox. Hablo con don Santiago y don Pedro Hernández, sus propietarios, afincados en la calle hace ya cuarenta y tantos años, y presidente éste de la Cooperativa Territorial de Transportes. Cuando la plaza del Reino cerraba la calle la que va de la de Palafox a la ribera del Ebro se llamaba del Chantre.
-Antes, en principio, exigieron que las casas construidas en este sector tuvieran el carácter clásico de la casa aragonesa, el ladrillo, el formato. Esta se construyó en ese tiempo, que duró muy poco. En seguida se dejó construir libremente.
Don Pedro y don Santiago Hernández tienen vagos recuerdos para lo que fuera antes la calle de San Vicente de Paúl:
-Estaban las caballerizas municipales: el antiguo palacio de Palafox, que aún existe.
-Un montón de callejuelas que subían hacia el Coso -dice don Santiago.
-Era todo esto un barrio antiguo; también recuerdo el palacio de los marqueses de Montezuma…, y, hacia abajo, casas pequeñas todas.
La mente de los señores Hernández está más en el presente que en el pasado. Me hablan en seguida de esa señalita que falta en la calle de San Vicente.
-Una señalización con límite de velocidad es lo que hace falta. No la hay, tampoco hay vigilancia ninguna a la entrada ni la salida de las escuelas…
-¿Cómo ve usted la calle ahora?
-¿La calle? Desde que es de una sola dirección ha terminado de morir. Está muerta; cuando podría ser una vía de descongestión, que buena falta les hace a todas las calles de atrás. Se da la circunstancia de que también San Gil es de una dirección… Los embotellamientos son lógicos.
-Eso sí, en estas calles que no son lo bastante amplias, debiera estar prohibido el aparcar -añade don Santiago Hernández-.
En el garaje hay montados varios servicios: ambulancias, grúas, viajes… Antes, los viajes eran más frecuentes que ahora, con la proliferación de agencias de viajes. Don Pedro Hernández ha salido varias veces al extranjero. Ha conocido personalmente tres Papas.
-Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI.
La ciudad donde se sintió más impresionado fue en Florencia. La Costa Azul, París, Bruselas y otras ciudades europeas despiertan alegres recuerdos en don Pedro.
-¿Echa usted de menos aquellos viajes, servicios al extranjero? ¿Qué se requiere por parte de la empresa para que todo salga bien?
-Hombre, pues, cumplir el itinerario, lo primero de todo; saber tratar al público, desde luego; tener cierto don de mando para que el público no te mande a ti. Porque el público es capaz de todo, de cualquier cosa.
Era el más vistoso aspecto del negocio, aunque también el de las ambulancias, por otro lado, tiene su importancia.
-¡Cuántas veces habrán traído niños al mundo!…
-¿Nunca pasó nada?
-Nunca. Hubo suerte. Nacieron en la ambulancia, pero llegaron sanos y salvos a las clínicas…
-¿Y las grúas? ¿Son de ésas tan famosas, que quieren tanto los despistados aparcadores?
-De eso nada. Nuestras grúas son de las que ayudan en caso de accidentes o de averías, de las que son avisadas por el público. Nosotros no recogemos nada.
De aquí hacia el paseo de Echegaray y Caballero hay bastante poco que contar. Está en un compás de espera que puede dar mucho que hablar y que escribir. Al desembocar en lo que es el paseo de Echegaray y Caballero y mirar el ancho Ebro, pienso en qué es lo que no tiene el padre Ebro que tienen otros, de otras ciudades, que son amorosamente cuidados. Yo he visto bellas ciudades extenderse a lo largo de sus ríos. ¿Por qué, aquí, no hay ni remota idea, ni remoto vestigio que indique esta tendencia tan natural por cierto?…
-Bueno, yo creo que por la humedad -me dice María Pilar, una señorita que encuentro en la farmacia de la calle.
-También porque no hay casas buenas, con calefacción, bien, como deben ser. En cuanto que las hiciesen la gente volaría. Es un lugar céntrico, bonito, a un paso del Pilar. Es cierta la humedad; pero, dentro de casa, con buena calefacción encendida…
Es una calle que hay que mover, me han ido diciendo todos a los que he venido preguntando su parecer.
-Bueno, ¿y los alrededores?… ¿Sabe que la calle de Arcedianos se está cayendo a pedazos?
El número 7 y el 9 han sido vaciados.
-Es una ruina.
El señor Santiago, el dueño de la tienda de comestibles más antigua del barrio, tiene un recuerdo que aportar a la información.
-Parece que los estoy viendo. A los cacos digo. Bajaban del Arco del Deán, se metían por la calle del Sepulcro y escapaban por la ribera…
En la ribera les podían echar galgos.
-Eso era hace mucho tiempo. De cuando esto era la calle del Chantre. Pero siempre ha habido un público bueno y honrado por estos lugares. Con más o menos posibilidades económicas, pero trabajador y honrado…
El porvenir de San Vicente de Paúl aparece claro: construcción nueva, comercio nuevo, especialmente hacia el final de la calle, donde apenas hay nada. Arteria principal del sector, se deja comer terreno por la calle Mayor. No parece, urbanísticamente hablando, natural. San Vicente de Paúl, por su anchura, su disposición, tiene que ser calle llena, no calle vacía.

Y los que se hayan perdido la serie, aquí tienen las entregas publicadas hasta ahora:

1. La calle más elegante de Zaragoza.
2. La calle obsesionada con mantener la línea.
3. La calle más decadente de Zaragoza.
4. La calle de las muchas verdades.
5. La calle que no tenía nada malo.
6. La calle más llena de recuerdos.
7. La calle sentenciada a muerte.
8. La sede de los templarios en Zaragoza.
9. La calle con fiestas, Virgen y toro de fuego.
10. La casa, y  la calle, de las dos diócesis. 
11. La calle sin número 1 ni 7.
12. La calle del primer escaparate.
13. La calle que menos ha cambiado.
14. La calle a la que estorbaba la Universidad.
15. La calle más elitista de Zaragoza.

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4 respuestas a La calle con tres colegios… y sin semáforos

  1. Elena-Z dijo:

    Pues veo que desgraciadamente la calle sigue parecido… tan cerca de Don Jaime y Alfonso, tan cerca de la Plaza España y la Plaza del Pilar… y no termina de arrancar, no. Poco comercio, y ni punto de comparación con el de esas calles.
    Encima, hay edificios, como el del Gobierno de Aragón, que parece que le dan la espalda… se entra por la Plaza San Pedro Nolasco, y no por San Vicente de Paul…

    Realmente, el texto es de 1969, pero salvo por algún detalle y la forma de redactar… podría ser de ayer mismo.

  2. Tomás dijo:

    ¿Cuando volverá la sección a papel? Es excelente, y disfruto viendo los cambios de redacción, temas,… ¿a quién hay que pedirlo?

  3. angelines dijo:

    Hacía años que no pasaba por esta calle, y el lunes pasado lo hice. La verdad, mi visita fue una desilusión. En los años 70-80 fue mi calle preferida y visitada. Mis dos hijos, niño y niña, fueron a Maristas y las Paulas. ¡Qué tiempos aquellos!

  4. Manuel dijo:

    Hola, parece que este blog tan singular ya no se publica en papel. He creado un grupo en Facebook (Fans de Tinta de hemeroteca. Que vuelva a papel) para solicitar que se publique también en papel en el Heraldo.
    Os animo a apuntaros.

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