El Maurice Chevalier español era aragonés

En agosto de 1930 regresaba a su ciudad natal Roberto Iglesias, que en aquella época se decía que era el ‘Maurice Chevalier español’. Quizá a muchos no les suene el nombre pero es que, y que algún experto me corrija si estoy equivocado, este Roberto Iglesias no es otro que Roberto Rey, y la película a la que se hace referencia en el texto es ‘Un hombre de suerte’, de Benito Perojo. Quizá es que entonces no había adoptado su nombre artístico definitivo. Le entrevistó Mario Alegría:

-Roberto Iglesias -nos dice un amigo desde París-, está obteniendo un franco éxito en el rodaje de una película sonora.
Esta noticia, que nos llena de satisfacción por tratarse del triunfo de un amigo, nos obliga a recordar la visita que hizo a Zaragoza, recientemente, el joven barítono Roberto Iglesias. Se dirigía a París, grandioso, inconquistable, sobre todo para los artistas españoles no muy conocidos. Le encontramos en un café céntrico, rodeado de amigos.
-¿Es cierto que vas a París? -interrogamos-.
-Sí -nos contestó-.
-¿Con qué objeto?
-Con el de conquistarlo.
-¿En el teatro?
-En el cine sonoro y parlante.
-Explícanos -hemos pedido a Iglesias- esos proyectos para la conquista de París.
-Son bien sencillos. He recibido una oferta de la Paramount para que actúe en sus estudios como protagonista de una película, por ahora, hablada y cantada en español.
-¿Tienes fe en el éxito?
-Eso -nos dice convencido- es lo último que se pierde. Aun cuando se fracasase, el pensamiento del artista camina hacia la esperanza del triunfo.
Los amigos que componen la peña en la que nos hallamos con Roberto, piden a éste que les explique su debut en el teatro.
El asunto lo merece, porque fue algo que el hoy celebrado barítono recuerda y comenta jocosamente. El cuadro teatral del Casino Artístico, del que pretendía formar parte Roberto Iglesias, quiso poner en escena, nada menos que la hermosa obra clásica “En Flandes se ha puesto el sol”.
Roberto, molestando a unos y recomendado por otros, consiguió en el reparto el papel de galán, y comenzaron los ensayos de la obra. A ellos, acudía, como director artístico y asesor, don Pablo Parellada, que al ver la actuación de Roberto Iglesias, exclamó compungido:
-¡Lástima de muchacho! ¡Tan soberbia fachada y tan mal interior! Este chico no sabe sentir lo que dice.
Este fue el debut teatral de Roberto Iglesias.
Pero el muchacho tenía madera de artista. Hijo de un músico y hermano de una tiple, sus aficiones se prodigarían hacia la farándula, y ya entrenado en las sociedades culturales de Zaragoza, consiguió una plaza de corista en una compañía de zarzuela.
Su voz agradable y sus aficiones lo ascendieron a partiquino, y en Barcelona fue requerido, luego de algunas actuaciones, como profesional, para que representara, en un teatro de la barriada de Sans, el barítono de la obra de Usandizaga, “Las golondrinas”.
La oferta tentó al mozo, deseoso de palmas y de triunfo, y estudió sin descanso para aprenderse la partitura. Y llegó la noche de la representación… Lo ocurrido en ella, lo relata Roberto Iglesias ante sus amigos en la siguiente forma:
-Mis intervenciones en los primeros cuadros pasaban casi desapercibidas, porque la tiple era buena y la atención del público estaba fija en ella.
-¡Por fin! -agrega- llegó el momento deseado. La orquesta inició el “Se reía”, y yo me decidí a cantarlo. La emoción del momento, mi poca voz, pues para esa obra se necesitan barítonos brillantes, mi desconocimiento de los recursos de todo buen cantante, hicieron que el “se reía” lo fuese en toda la acepción de la palabra.
-El público -afirma- me tomó a chacota, y cada frase mía era una carcajada general, es decir, general y de butacas, porque allí reía todo el mundo menos yo.
-No quiero -termina- deciros lo que pasó allí. Ya lo he olvidado, pero tened la seguridad de que fue algo épico.
Posteriormente, Ricardo Iglesias fue con las compañías de Calvo y del Reina Victoria. Con esta última llegó a Zaragoza, y el público recuerda con agrado aquella canción mejicana que Roberto hizo popular.

¡Qué lindos ojos!
Los que pasean contigo,
los que pasean contigo,
por la alameda.
¡Qué lindos ojos!
¿De quién son?
¿de quién serán?
sean de quien fueren
yo me los voy a robar.
¡Qué lindos ojos!

La canción se repetía una vez y otra y otra, y Roberto agradecía las ovaciones cantando cada vez mejor, poniendo en cada repetición un más fino sentimiento..
Y aquel galán fracasado de “En Flandes se ha puesto el sol”, y aquel barítono cómico de “Las golondrinas”, fue a París decidido a conquistarlo y lo ha conseguido. El amigo que nos comunica su triunfo, agrega:
-No puedes darte una idea del efecto que causan sus intervenciones en la película.
Los compañeros que trabajan en la misma cinta lo felicitan cuando termina sus canciones.
Los artistas franceses, tan suyos, tan amantes de cuanto significa “la France”, exclaman al oírle:
-Cette garçón est le Maurice Chevalier espagnol. Sa voix es bien egreable…
Y Roberto, al oírles, sonríe, pensando en el efecto que producirá el estreno de su primera película al público de Zaragoza, su tierra natal.

Y mañana…
La calle que tuvo un Jardín Botánico

Esta entrada fue publicada en General y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *