La calle que tuvo Jardín Botánico… y lo perdió

Pues la calle que tuvo un importante Jardín Botánico y lo perdió fue la de… San Miguel. Este es el reportaje que publicaba HERALDO en 1969:

Se inicia la calle San Miguel en pleno centro de Zaragoza, paseo de la Independencia. Tiene una entrada viajera, con unos escaparates que indican las delicias de medio mundo a punto para degustarse en ocho días. Su fisonomía es comparable a la de un báculo, contando con el pequeño gancho que tiene el capricho de describir al desembocar en la plaza de San
Miguel. La calle de San Miguel es importante, es muy importante no sólo por su céntrico emplazamiento, sino por cuantas cosas hay en ella. Siendo tal cual aparece hoy, perfectamente moderna, hay aspectos bastante negativos que le impiden serlo totalmente. En especial en cuanto se refiere a la parte que va de Rufas a la plaza de San Miguel.
La calle de San Miguel tuvo en tiempos atributos dignos de que figuraran hoy en cualquier parte del mapa de la ciudad. Ejemplo: el Jardín Botánico, que creó la Sociedad Económica de Amigos del País, en 1781, y que según antiguas referencias poseía especies valiosísimas. Hasta hace bien poco tiempo una vieja casa a mitad avanzada de la calle ostentaba un letrero que lo recordaba.
El teatro Circo es también digno de haber figurado en un plano actual de la ciudad. Proyecto del arquitecto Magdalena, fue inaugurado en 1887 sobre terrenos que habían sido un lavadero. Su estructura era similar al Price de Madrid. Dos años más tarde fue habilitado para teatro. En febrero de 1895 se incendió y fue reedificado por el mismo arquitecto Magdalena. Mantuvo sus butacas de madera hasta 1943. Pasaron por él las primeras figuras del arte escénico: María Guerrero, Díaz de Mendoza, Lola Membrives, Carmen Cobeña, Francisco Moreno, Pompoff y Teddy, el transformista Frégoli…
El teatro Circo tuvo sus temporadas de ópera. En mayo de 1925 actuó por primera vez en Zaragoza Fleta. Cantó “La boheme”, “Aida”, “Rigoletto” y “Carmen”. En varietés, pasaron por el teatro Circo Pastora Imperio, Carmen Flores, la Chelito, la Argentinita, Raquel Meller… Finalmente, el teatro Circo se transformó en cine.
La calle de San Miguel contó con otro teatro, el Goya, enclavado en lo que son ahora Eléctricas Reunidas, al que cupo una gloria indiscutible: fue allí donde cantó Gayarre «Los puritanos», «La favorita» y «Fausto».
En la calle de Los Sitios, número 8, de 1870 a 1886 vivió otro teatro: el Lope de Vega. También, en el número 3 de San Miguel estuvo el viejo cine Coyne, inaugurado en 1905. Fue este cine el que trajo a Zaragoza las películas parlantes,con su gramófono detrás de la pantalla, con su explicador, con su pianista… Duró hasta 1910.
En San Miguel, 7, estuvieron instalados los Baños de Marracó, a los que se entraba por la plaza de España -entonces de la Constitución- y la calle de Los Sitios. Después, en el solar, hubo distintas atracciones, como la «garita cinematográfica de Gimeno», que fue origen del cine Farrusini, llamado así por el apellido de su propietario, Enrique Farrús.
Finalmente, el cine Goya actual, que fue inaugurado en 1932. Se estrenó con la película de René Clair «¡Viva la libertad!» También, en sus viejos tiempos, el cine Goya tuvo épocas de teatro y de ópera.
En los años treinta fue cuando la calle de San Miguel inició la etapa en que ahora se encuentra. Voy tomando referencias de distintas personas. Personas que llevan años ancladas en la calle. Que la conocen, la quieren y que, con sus comercios, le dan indudable personalidad.
Estoy en una floristería. Sobre el mostrador, un par de claveles verdes dan quehacer a mi  imaginación. Doña Magdalena Gracia Gazulla me va contando alguna cosa de este hermoso laberinto de aromas, formas y color. Lo bello empieza desde la misma puerta, con ese enanito del bosque que doña Magdalena se trajo de Barcelona. Se trajo dos, pero uno quedó
destrozado, tal vez por la broma de algún gamberro nocturno. El que queda sirve de asidero a las mamás del contorno…
-Se escuchan unas conversaciones encantadoras… Vienen las mamás con los niños: «Ya se lo voy a decir al enanito…». Hay veces que le traen caramelos, cacahuetes. Cuando abrimos la tienda aparecen junto al enanito… Regalos de los niños…


El laberinto o, más propiamente, el problema, se encuentra dentro de este floridísimo panorama. Doña Magdalena Gracia me cuenta del cambio que han traído los tiempos sobre las flores. Los tiempos… y la distancia. Este es el verdadero problema.
-Antes se vivía de otra manera, además de que las distancias eran más cortas. Ahora, con distancias largas, se ha cambiado también la manera de vivir. Antes nos arreglábamos muy bien con algún aprendiz. Hoy, los aprendices no se encuentran y el reparto origina un verdadero problema. Problema que no puede resolver casi nunca por sí misma la pequeña
tienda de flores, a riesgo de perder dinero. O de ir tirando, todo lo más. Es lógico, tal como están las cosas. A lo mejor hay encargos de punta a punta de la ciudad.
-O también, cuántas veces, hay que ir tres o cuatro veces a la misma clínica. A mí, particularmente, me da mucha pena cuando, por fuerza mayor, tengo que renunciar a enviar flores a una enferma.
Las cosas están así. En ciudades más evolucionadas hay una especie de reparto, común a distintos establecimientos. O un reparto organizado por la propia tienda, que excluye, naturalmente, al cliente de último momento que entra de prisa y corriendo para que media hora después una señora esté oliendo un ramo de rosas, por ejemplo. Es lo que hoy, aunque se tenga muy buena voluntad, no puede sostenerse. Es decir, sí: cuando el propio interesado es quien lleva el ramo de flores a su señora. O si no él, una personal enviada por él. Es lo normal. Y, por cierto y a diferencia de otras ciudades, qué poco se ven por las calles de las ciudades españolas señores con un ramo de flores en la mano.
Doña Magdalena recuerda la calle de San Miguel cuando ella se instaló aquí en el año treinta y nueve.
-Ha cambiado mucho. Que yo recuerde, ahí, un poco más allá, en lo que hoy es Redondo, estaba la Asociación de la Prensa. Enfrente, una pared horrible que pertenecía a Tranvías, con unos ruidos espantosos y de pronto unos chispazos que hacían temblar. Una vez vimos a un señor echarse al suelo lleno de miedo. Estaba el almacén de la famosa librería de Cecilio Gasca. Había otras tiendas: una carnicería que se ha transformado en boutique, una tienda de piezas de labranza, una sombrerería y una tienda de lápidas que ya se llevaron, gracias a Dios.
El pequeño comercio, la tienda de comestibles, la verdulería, etc., han ido desapareciendo de San Miguel. Hay un mercadillo pequeño, con la negra fama de ser el más caro de Zaragoza.
La de San Miguel no es como la calle de Requeté Aragonés. Podría serlo. De anchas no se llevan mucho y de larga le lleva alguna ventaja. Requeté Aragonés está mucho mejor pavimentada. La circulación está mejor en Requeté Aragonés, me está diciendo don Manuel Montaner.
-En calles tan estrechas no se debía permitir aparcar. Yo la veo como una calle normal y corriente, con sus piedras, con sus rejas, sí, pero no me parece extraordinaria. Con más defectos que virtudes, porque siendo tan céntrica no está a la altura comercial que merece.
Al decir del señor Montaner, lo verdaderamente importante de San Miguel fue el Jardín Botánico.
-Es una calle con vitalidad, no hay duda. Están las Eléctricas, la Mutua. Hay un buen cine… Pero podía estar mejor.


En San Miguel hay una curiosa peluquería masculina, con sus sillones en fila frente a las ventanas. Hay un convento de clausura que da recato y emoción a una esquina clara. Se oye, enfrente, una voz cantarína que va enunciando una lección de párvulos, en el colegio de las Anas…
Entro en una relojería fundada en el año treinta y cinco. Una relojería que conserva aún la faz romántica de los tiempos que están a punto de pasar, hasta para las relojerías. Con el misterio, el encanto íntimo, el carácter fantástico que le da una mercancía maravillosa que no se parece a ninguna otra: el reloj. Don Jesús Pérez de Mezquía me dice algo sobre el reloj.
-Una pieza que puede poseer todos los estilos. Una pieza con secreto lleva su marcha, su vida, por dentro. Un objeto sobre el que es muy difícil, si no imposible, aconsejar a nadie.
Es el gusto del comprador, su personalidad, la que se refleja en la elección del reloj.
En cuanto a la calle de San Miguel, el señor Pérez Mezquía opina que tiene una auténtica importancia.
-Es céntrica. Antes, todo lo que no fuera Alfonso no era céntrico; hoy puede decirse que es más céntrica San Miguel que Alfonso.
Por las tardes, un carrusel de jóvenes… hacia Santa Catalina. Una “pega” de San Miguel, para unos cuantos. Una ventaja para muchos, especialmente para los jóvenes.
En la calle de San Miguel, en los pares, la 28 y la 40, dos casas completas están vacías, a la espera de la piqueta. A la espera también de que después de la piqueta venga algo vivo que beneficie a la calle. Precisamente a su mitad, un tanto cansina.
(Hablemos ahora de) la casa misteriosa. “Cerrada está la casa a piedra y lodo”, podríamos decir parodiando al poeta. Hace esquina con Flandro. Tiene a modo de portal un gran arco. El arco que todos los niños dibujan cuando empiezan a pintar casitas. El arco está cerrado
por unos maderos a modo de puerta. Sobre ellos, unas letras pintadas de color naranja dicen: «Dejen paso libre». Y otras más pequeñas, con tiza blanca: “Por favor”.
La casa es un poema de hermetismo y misterio… por fuera. Por lo que se puede apreciar, el piso alto está habitado, y el bajo aprovechado normalmente como almacén.
He visto sacar unos bidones como otros cualquiera. Pero el misterio que emana de las piedras de la casa es tan auténtico que a más de ser admitido por todos sus vecinos, fue en tiempos, según me han contado, fuente de imaginación para los desocupados.
Me han dicho que hace muchos años se corrió el bulo de que en aquella casa había una joven secuestrada. Tuvo que intervenir la Policía y poner las cosas en claro. No había nada de nada. Todo era el aspecto mágico de esta casa baja, hecha de piedras, con ventanas bien enrejadas… Y frente, casi, a la “casa misteriosa”, unos famosos retales. Las señoras esperan a diario pacientemente su turno, en la seguridad de que encontrarán lo que buscan: lo bueno, bonito y barato en una sola pieza.
En la acera impar está la primera distribuidora de publicaciones que se puso en Zaragoza, a excepción de la Asociación de Vendedores, con la Prensa de Madrid. Sobre el pequeño mostrador están las revistas y revisticas más solicitadas del momento. Don Enrique Garrido me va a dar alguna nota más sobre la calle de San Miguel, donde, luego, se han instalado varias distribuidoras, además de una gran librería.
-Buena calle si hubiese condiciones en ella -me dice con una sonrisa-. Por ejemplo: está Eléctricas, pero la mitad de la calle cuenta con un mal alumbrado.
-Hay de todo: socavones también. Hasta hace poco tiempo, la calle de San Miguel “terminaba” en Santa Catalina; ahora llega hasta Rufas, gracias al nuevo comercio que se ha ido instalando. Todo lo demás, ¿no lo ve?, está muerto…
-¿Y cree usted que prosperará esto también?
-Podía ganar muchísimo, podría ser la calle Alfonso.
Y la calle Alfonso sale otra vez a la palestra, hablando de la de San Miguel.
El pequeño mostrador que defiende don Enrique Garrido exhibe una serie de planos y mapas de casi todos los rincones del mundo. Toda Europa, el Cercano Oriente, y…
-Esta es la novedad: mapas suizos, recién fabricados, de la Luna y el espacio.
El hombre previsor puede ya ir adquiriéndolos, a la espera de su ambicionada parcela. El plano ofrece, desde luego, toda clase de detalles hasta ahora conocidos. La calle de San Miguel termina en la iglesia de su nombre. Con una torre de mudéjar valioso, una torre cuadrangular de categoría. Desde tiempos remotos, la campana de esta parroquia sonaba al atardecer para llamar a los perdidos. Los perdidos o extraviados en el campo. Esta campana ha sonado después durante muchísimo tiempo y seguiría sonando ahora si la iglesia tuviera sacristán. Al volver me doy cuenta de que se ofrece un panorama interesante de la calle de San Miguel. La torre de San Miguel, al final, y la de Santiago, al principio, asomando a través de la larga perspectiva que ofrece San Miguel, y luego,
atravesando el Paseo, Requeté Aragonés, plaza de Salamero, etc..
Es una calle la de San Miguel que, a juzgar por lo leído y oído, ha tenido grandes cosas y las ha perdido. Y que ahora, con el límite que su estrechez le impone y al apego y al ejemplo emulador del paseo de la Independencia, tiene ambición y ganas de vivir.

Y para los que quieran recordar alguna entrega anterior de la serie o se hayan perdido alguna, ahí va la lista:

1. La calle más elegante de Zaragoza.
2. La calle obsesionada con mantener la línea.
3. La calle más decadente de Zaragoza.
4. La calle de las muchas verdades.
5. La calle que no tenía nada malo.
6. La calle más llena de recuerdos.
7. La calle sentenciada a muerte.
8. La sede de los templarios en Zaragoza.
9. La calle con fiestas, Virgen y toro de fuego.
10. La casa, y  la calle, de las dos diócesis. 
11. La calle sin número 1 ni 7.
12. La calle del primer escaparate.
13. La calle que menos ha cambiado.
14. La calle a la que estorbaba la Universidad.
15. La calle más elitista de Zaragoza.
16. La calle con tres colegios y sin semáforos.

Y el lunes…
¿Qué hay en el fondo del pozo de San Lázaro?

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5 respuestas a La calle que tuvo Jardín Botánico… y lo perdió

  1. Elena-Z dijo:

    Qué gracia… lo de la casa encantada también lo había oído yo… y es que, quieras que no, la propia casa tiene aspecto de eso, de encantada…
    Veo que muchas cosas siguen igual en la calle… A mí es una calle que me gusta, pero sí que es cierto que “algo” podría cambiar, y todavía sería más bonita. Y desde luego, yo creo que es muy comercial…

  2. Maria-Pilar Paris dijo:

    La calle de San Miguel!!! Qué de recuerdos!!! Allí fue donde estaba mi oficina, y donde trabajé hasta que me casé. La de chucherías que he podido comer con el horno que había haciendo esquina y que estaba prácticamente enfrente de mi trabajo. Había unas tortas de miel que hummmm, y naturalmente, después del trabajo pues …. una vueltecita por la “senda de los elefantes”. En fin, recuerdos, recuerdos, pero naturalmente eso era hace años…..

  3. Tomás dijo:

    Las tortas de miel a que te refieres eran las del horno de San Valero. Yo también las recuerdo, a veces mi madre me compraba alguna, y qué rica que estaba.

  4. Algo tarde encuentro este excelente artículo de una calle que tantos recuerdos tiene para mí. En el Teatro Circo aún vi alguna película antes de que lo cerrasen el 30 de junio de 1961. Hoy, 15 de enero de 2012, se cumplen 50 años de su demolición. Como aquellos “Fantasmas del Cine Roxy” que escribió Marsé y popularizó aún más con su canción Joan Manuel Serrat, me parece ver algunas veces por allí a alguien que se parece mucho a Narciso Ibáñez Menta, que actuó en ese local cuando tan sólo era un niño que se llamaba Narcisín. Abrazos.

  5. Blanca dijo:

    Se han olvidado del pequeño establecimiento de reventa de localidades que estaba al principio de la calle, en los impares antes del bar Damasco. Las colas que se formaban los días de estreno…

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