Setenta años trabajando

Pues esa persona que en 1973 llevaba ya 70 años trabajando, y quería seguir así, era… peluquero. Debió ser bastante famoso en su época, no en vano tenía su peluquería… en la calle. Se llamaba Amador Munguía, y esta es la entrevista que publicaba HERALDO en octubre de ese año:

Algunas mañanas tiene cola, esperando. La peluquería está montada al aire libre, y basta un banco cualquiera para hacer las veces de sillón. Allí deja su herramienta Amador Munguía, un hombre que vive su profesión como pocos.
-He sido barbero toda la vida y no lo voy a dejar ahora, que he cumplido los 82 años.
¿A que no me los echaban?
Se siente orgulloso de su edad. Hace la apuesta con todos los que llegan.
-A ver, ¿cuántos años tengo?
Y todos le echan de menos. Entonces, Amador Munguía sonríe con suficiencia.
-¿Y los que llevo aquí escondidos?
Cuando me acerco al grupo, uno de los clientes se justifica.
-Ya ve, somos ancianos…
Amador Munguía no tiene tarifa. Cobra lo que buenamente puede darle cada uno. ¿A duro el servicio? El precio es lo de menos. Lo que importa es ayudar a los compañeros ancianos jubilados.
No es intrusismo, porque Amador Munguía no se mete en el terreno de los otros profesionales en activo. Hace lo que siempre hizo, con la diferencia de que ahora no tiene trabas laborales. Es una manera de entretener sus ocios.
-Llevo setenta años trabajando -insiste- y puedo hacerlo aquí y donde me dé la gana.
-¿Nunca tuvo problemas?
-Una vez, en el castillo de Palomar, vino un guardia y me llevó a la comisaría.
-¿Bajo qué acusación?
-La de que estaba trabajando sin licencia. Pero me soltaron en seguida.. Me dijeron que mientras sea en el campo, puedo trabajar donde quiera. Así es que aquí todos los días…
-Los clientes, ¿son de su quinta?
-¡Qué más quisieran ellos!
-Pues yo ya he cumplido los 78 años -protesta el que está sometido a los servicios del longevo barbero-.
No le tiembla el pulso cuando coge entre sus manos la maquinilla de cortar el pelo, la tijera o la navaja de afeitar. Al cabo de setenta años de ejercer la misma actividad laboral, Amador Munguía no encuentra problemas. Podría cortar el pelo hasta con los ojos cerrados. Se escuchan sabrosos comentarios en torno. La peluquería al aire libre sirve para que las conversaciones de los ancianos jubilados -historias del ayer- cobren vida. Se rememoran los que, al decir de la mayoría, fueron mejores tiempos.
-Pero nunca se ha vivido como ahora.
Esta es la conclusión final. Mientras tanto, el viejo barbero sonríe, al tiempo que se encara con un nuevo cliente para repetir la pregunta de siempre:
-A ver, ¿cuántos años me echas?
Y como siempre le echan de menos, Amador Munguía vuelve a sonreír satisfecho.
-¿Y los que llevo aquí?…
A los 82 años se siente todavía joven como para renunciar a su peluquería al aire libre.

Y mañana…
La vida en una camioneta

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Una respuesta a Setenta años trabajando

  1. Manuel dijo:

    EL BARBERO DE MI BARRIO Y DE MI INCIPIENTE MOCEDAD
    Me atrevo a verter mi primer comentario en esta nueva sección, en lo que a mi se refiere, motivado por dos razones: una, llevo días buscando temas en los que los sentimientos, la libertad de exponer sensaciones no provocadas sino contenidas y adormecidas, y donde la condición humana prime sobre todo lo demás. Y la segunda es que, leyendo el relato, ayer mismo, acudió a mi memoria la imagen, borrosa y distorsionada, de un barbero que cuando quien este comentario suscribe estaba en su incipiente mocedad, acudía con cierta periodicidad a las inmediaciones de donde vivía junto a sus padres y hermanos. Con antelación, mi madre me había encomendado la tarea de estar atento, así que nada más verle bajaba a requerir sus servicios invitándole a subir a mi casa, cosa que siempre hacía solícito y sin mediar palabra. Y aunque como ya he dicho no recuerdo ni su nombre ni su rostro, debido a la proximidad de la zona que relata con exquisita sencillez su autor, don Mariano García, bien podría tratarse de la misma persona quien podría ejercer su profesión de barbero por dicha zona del barrio de las Delicias, de Zaragoza. Por lo que deduzco que si así fuera, Amador Munguía debía tener la edad de 75 años. Por lo que buenamente podía, mi santa madre “nos cortaba el pelo” a mi padre y tres hijos, lo que el barbero hacía con agrado y recogía su remuneración con generosidad. Eran tiempos difíciles y la clase obrera no hacía otra cosa que trabajar y parir hijos. Los tiempos que se avecinan, deduzco, que tampoco serán muy distintos a los del barbero Amador Munguía, que ha logrado que al autor de este sencillo y maravilloso relato, don Mariano García, le sirva para rescatar para la memoria de quienes lo vivimos en primera persona, un breve testimonio de nuestra historia que algunos han preferido enterrar. Espero que sea para siempre a pesar de esa pátina entrañable con la que impregnaba su noble oficio el barbero de mi barrio.

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