Aventuras y desventuras de un Cateto en Zaragoza

Lo de hoy tiene miga. Abril de 1917, Zaragoza. Un hombre de apariencia extraña llevaba meses gastando a manos llenas en las calles de la capital aragonesa. Se había hecho famoso en toda la ciudad, que le colgó el mote despectivo de ‘El Cateto’ pero que aceptaba de buen grado su dinero. Y entonces…

Desde hace lo menos dos meses el jefe de policía venía preocupándose de un sujeto harto extraño que cayó en Zaragoza a fines de diciembre, dando constantes motivos para sospechar de su honradez.
El tal forastero venía del terruño. Trajo aún las alpargatas, el traje de jornalero, el tapabocas y la piel curtida; pero en menos de dos semanas se operó en el recién llegado una singular transformación.
Cambió el traje de pana por un terno flamante de buena hechura y el tapabocas por un abrigo de trabilla. ¡Calcúlese cómo le sentarían al pollo estas prendas modernistas! Nuestro hombre es pequeño y desgarbado, y tiene una cabeza desmesurada que amenaza caérsele cualquier día de los hombros por exceso de peso. A pesar de que se afeitaba todos los días, no pudo quitarse el pelo de la dehesa y chocaba, naturalmente, por su aspecto cerril en cualquier sitio donde se presentaba.
Veíasele en automóvil constantemente, en coche, tirando champán y dinero por todas partes, lo cual hacía suponer por lo menos que era un palurdo a quien le había tocado la lotería y estaba alegrándose con dinero tan fácilmente logrado en la ciudad de Zaragoza.
Por su traza, en los puntos que solía frecuentar le apodaron ‘El Cateto’, y este remoquete era aquí su verdadera cédula.
El jefe de policía es bastante nervioso y no descansaba pensando en cuál podría ser el talismán misterioso de que se valía el palurdo para vivir a lo príncipe.
Pronto tuvo que descartar la suposición de la lotería y otras que había hecho por conjeturas y averiguaciones.
Recurrió al interrogatorio personal. Con hábiles procedimientos sometió a un examen personal a ‘El Cateto’, del cual solo supo que se llamaba Juan G. V., que era hijo de una familia muy decente y que todo el dinero que gastaba lo había ganado en Montecarlo.
Esto último no podía creerse, porque Juan no solo no sabe jugar, sino que a duras penas habla. Se trata de un analfabeto en toda la significación de la palabra.
Como no había ningún antecedente del misterioso forastero, no se le podía detener como a un ladrón ni como a un criminal: en vista de lo cual el jefe de policía siguió sus pesquisas secretas, encomendando parte de la labor al subjefe señor Lahoz y al agente señor Medina. Se confirmó que Juan no jugaba y que por lo tanto no era éste el origen del dinero.
Entre tanto, Juan seguía su programa orgiástico, alegrándose de haber nacido. Se buscó una señora guapa con quien compartir las horas de su hogar improvisado. La encontró en la plaza de la Leña. Esta amiga se llama Concepción R. Le daba 10 duros diarios para alfileres y muy hermosos regalos. También estaba en muy buenos y espléndidos tratos con la ‘Estrella Gitana’ y la ‘Pay-pay’, las cuales lo tomaban por un ricachón de pueblo y estaban encantadas de tan pródiga amistad.
No se conformaba con estas Juanico y muchas veces convidaba a otras y hasta al despedirse les dejaba para recuerdo un mantón de Manila.
Algunas noches alquilaba un simón para llevar a sus mujeres, y por tomar el aire él se ponía en el pescante, pensando sin duda que era mucho más cómodo que los mullidos asientos del interior.
Como apenas sabe hablar, resulta que guardaba su secreto como un conspirador.
Supo el jefe de policía que cuando Juanico se quedaba sin dineros no tardaba en recibir un cheque contra el Banco Hispano Americano y firmado por M. de E. Esto puso en claro la cuestión, al menos del origen de la moneda. El señor Aparicio mandó detener inmediatamente a Juan G. Estaba tranquilo y perfumado en su harén, cuando fue sorprendido por la policía.
Se dejó conducir sin pronunciar una palabra y cachear en el despacho del jefe sin decir esta boca es mía, y solo cuando el jefe dijo: ‘Llevarlo a un calabozo’ Juan se le acercó misteriosamente y le dijo:
-Tenemos que hablar.
-Ya lo creo que hablaremos -exclamó el jefe-. Y lo mandó al calabozo para que reflexionase.
Y, en efecto, hablaron largo y tendido. La conversación comenzó a las doce de la noche del jueves y terminaba a las seis de la mañana de anteayer viernes. Fue una de esas noches espeluznantes que todos hemos pasado de chicos, mientras una vieja contaba cuentos de lobos, de vampiros y de ladrones, y nosotros nos estremecíamos de miedo y de frío.
El interrogado comenzó a contar:
Una noche regresaba a su vivienda, cuando al atravesar unos montes sonó cerca de él un tiro. A los pocos pasos vio a un hombre tendido en tierra y rodeado de sangre: estaba muerto. Cerca se encontraba el matador. Si callas -le dijo- te daré todo el dinero que quieras. El labrador calló y tal era el origen de su dinero.
Pasaba un rato y el narrador se rectificaba.
-Todo eso es mentira. Lo conté para que usted, señor jefe, me dejase en paz.
-¿Para qué me engañas, pues?
-Ahora le diré toda la verdad.
Y Juan contaba otro cuento:
Esto era un señor que tenía una amante. Esta quería a otro hombre. Un día me dijo que me daría todo el dinero que quisiese si mataba a su rival. Y yo lo maté.
No pasaban cinco minutos sin que el supuesto matador se rectificase.
-Ahora le diré toda la verdad:
En el fondo de una cueva hay una gran fábrica de moneda falsa donde trabaja este señor con otros. Falsifica billetes en la obscuridad. ¿Falsifican billetes sin luz?, preguntó el jefe. Esto desconcertó al narrador y volvió a rectificarse.
Y así pasó la noche, sin que se pudiera saber si Juan era un criminal o un tonto.

Si les ha sorprendido el tono abiertamente despectivo de la crónica, como a mi, deben suponer que efectivamente la apariencia y los modos de ‘El Cateto’ tenían que ser francamente llamativos, porque en la época, créanlo, los medios de comunicación trataban con absoluta exquisitez a todo el mundo. Pero lo más suave que se dice de ‘El Cateto’ es que tenía una conducta ‘encenagada’. Total, la cosa fue que a ‘El Cateto’ le habían encargado la compra de un monte y, en lugar de realizarla, se gastó el dinero en juergas. A finales de ese mismo 1917  fue condenado a un año, ocho meses y 21 días de cárcel, además de tener que indemnizar a la persona que le había confiado el dinero para la compra. Ambos residían en un pueblo del valle del Ebro, cuyo nombre no revelo, al igual que los apellidos de los implicados, porque no añaden nada sustancial a la información.

Pasando a otra cosa, el sábado publiqué en el blog una amplia entrevista con Manuel Clavero, ya saben, ‘el ferroviario de Samper que fue récord del mundo’, en la que, a sus 82 años, recordaba toda su trayectoria en el atletismo. Con ello he abierto una subsección dentro del blog. Así que, a partir de ahora, Tinta de Hemeroteca se actualizará con noticias antiguas todos los días, de lunes a viernes; y el fin de semana haré el seguimiento de algo de lo ya publicado, que estará disponible luego en la nueva subsección de El Tintero. Así que…

Y mañana…
“Un increíble ‘Expediente X’ en los campos de Tauste”

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Una respuesta a Aventuras y desventuras de un Cateto en Zaragoza

  1. Juan A. dijo:

    Si en estos ultimos años la policia hubiera tenido que investigar e interrogar a todo el que presumia de cochazo, viajes exoticos, etc… la mitad de España habria pasado por comisaria!!

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