El hombre que enloqueció, mató y murió por amor

edelmira-copia

Me tienen que perdonar el título que le he puesto al texto de hoy porque, en realidad, creo que se puede enloquecer por amor, incluso morir por amor, pero es imposible matar por amor. Cuando se mata, se hace en realidad por otros motivos, por otros sentimientos. Nadie mata lo que ama.
Hoy les cuento un caso verdaderamente especial. Durante la primera mitad del siglo XX hubo crímenes muy sonados en Aragón. Pero uno de los que mayor conmoción causó -quizá únicamente superado por el asesinato del cardenal Soldevila-, fue el de Edelmira García, una joven muy conocida en la ciudad. Porque era bella, como puede apreciarse en la fotografía; porque sus padres eran maestros muy, muy conocidos -la madre, Margarita, daba clases en el colegio de la antigua plaza de la Libertad, el padre, Enrique, en el de la calle de Escobar-, y porque la familia habitaba una de las viviendas que existían sobre el antiguo ayuntamiento, lo que les hacía blanco de muchas miradas. El caso es que Edelmira García Sobero era una muchacha de su tiempo, que tuvo la desgracia de cruzarse con un perturbado, un sargento que la acosaba desde hacía varios días, Ángel Ovidio F. Su asesinato, y las circunstancias que lo rodearon, ocuparon mucho espacio en la prensa aragonesa de la época. Leamos un estracto de lo que publicó HERALDO el 17 de noviembre de 1927:

Hallábanse los señores de García reunidos en torno a la mesa del comedor, esperando el momento de reanudar, acabado el almuerzo, las respectivas ocupaciones, cuando sonó el llamador de la habitación.
La muchacha, Antonia Giménez Salas, abrió la puerta, encontrándose frente a frente con el sargento y, como si presintiera la tragedia, contestó a sus preguntas que los señores habían salido.
Insistió el recién llegado en su pretensión de entrar, diciendo que abajo le habían dicho que estaban y, además, no eran aún las dos y no podían haberse ido tan pronto. Repitió la muchacha su negativa, pero entonces se oyó en el comedor el rumor de la conversación de los que allí estaban y el sargento, apartando a un lado violentamente a la muchacha, cruzó el pasillo con la pistola en la mano y diciendo al traspasar la puerta del comedor:
-Aquí estoy yo, que le voy a levantar la tapa de los sesos a todo el mundo.
Huyó la muchacha despavorida a refugiarse en uno de los departamentos de la mansión y en el comedor se produjo la escena de espanto y estupor que es de suponer. Instintivamente se levantaron todos, aprestándose a la defensa. Madre e hija, procurando taparse mutuamente, intentaron hurtar el cuerpo a los disparos que se preveían inminentes viendo la actitud enajenada del terrible visitante y éste, sin más explicaciones, cumplió su anuncio disparando varias veces contra D. Enrique y contra el grupo de las dos mujeres, que cayeron heridas, ya en la otra habitación.
Cuando las vio en el suelo, volvió sobre sus pasos con propósito de repetir la agresión contra el señor García, pero éste, que había logrado encontrar una navaja, frustró su intento y, sin darle tiempo a disparar de nuevo, le asestó varios golpes, uno de ellos, al vientre, mortal de necesidad.
Consumada ya la tragedia, que aun siendo rapidísima debió producir algún ruido de ayes y voces de auxilio, aparte del estrépito de los disparos, acudieron a la habitación unos obreros albañiles que se hallaban trabajando en lugar próximo y algunos vecinos de las habitaciones inmediatas.
Cuando los primeros entraron, la señorita Edelmira daba aún señales de vida y, naturalmente, la primera preocupación de todos fue acudir en busca de algún facultativo que intentase remediar las consecuencias del hecho.
Mientras algunos salieron corriendo con ese objeto, otros acudieron en auxilio de la señora de García, que manaba sangre por el hombro, obligándola, venciendo las grandes dificultades que oponía su natural desesperación, a tenderse en un lecho.
Nada pudieron hacer en favor de Ángel Ovidio F., que en posición decúbito prono y sobre un enorme charco de sangre, era ya cadáver.
Mientras esta terrible escena se desarrollaba entre la angustia de todos los presentes, llegaron al lugar del suceso el alcalde, señor Allué, que aún no había abandonado su despacho, numerosos guardias municipales que habían acudido a su oficina para presentarse a la lista y salir al relevo, y gran número de funcionarios municipales que aguardaban a la hora de dar por terminada su labor.
Acudió también el Dr. Oliver, que procuró asistir en sus últimos momentos a la desgraciada señorita y, viéndose ya que la desgracia era irremediable, ordenó el alcalde que salieran varios guardias a dar cuenta del suceso a las autoridades competentes.
Poco después llegó el Dr. Lajusticia, médico de la familia, avisado a su instancia, que asistió convenientemente al señor García, víctima de una terrible excitación nerviosa, y curó a doña Margarita, su señora, una herida de bala, con orificio de entrada y salida en el hombro izquierdo, que calificó de pronóstico reservado, limitándose a certificar la defunción de Edelmira, cuyo cadáver presentaba un balazo en la región postero lateral del cuello, sin orificio de salida, y la de Ángel Ovidio, que presentaba dos heridas de cuchillo en el cuello y una en el vientre.

Contra lo que pudiera pensarse, no había existido relación sentimental alguna entre los dos jóvenes:

Hace varios meses el sargento, que prestaba servicio en África, en el Batallón de Cazadores número 25, le escribió una carta exteriorizando sus sentimientos, a la que contestó Edelmira en forma muy correcta, pero terminante, haciéndole ver que no estaba dispuesta a entablar con él relaciones amorosas.
Vino hace unos días el sargento a Zaragoza y ocurrieron varios incidentes a los que la la triste ocurrencia da relieve extraordinario.
Una tarde, según referencias de personas amigas de la víctima, el sargento encontró a Edelmira en una calle céntrica de la ciudad acompañada de una amiga y, acercándose a ellas, rogó a la acompañante que se alejase porque tenía que hablar con su amiga. Las dos señoritas protestaron enérgicamente de la extemporánea e inadmisible pretensión, en la que insistió el sargento en forma iracunda y descompuesta.
Por lo visto, aquella vez depuso su actitud violenta y el sargento desapareció, pero en otra ocasión, esta más reciente, se repitió en análogos términos la escena, y ya entonces el sargento amenazó gravemente a la señorita, que comunicó lo ocurrido a su padre, acudiendo éste a notificarlo al Gobierno militar.
Parece ser que anteayer a la una de la tarde, aproximadamente, se presentaron allí los dos para dar cuenta de las amenazas sufridas por la malograda señorita.

No hubo tiempo para más. Lo triste es que 80 años después de la muerte de Edelmira García se siguen produciendo casos prácticamente idénticos con una frecuencia aterradora.

Y mañana…
El monaguillo zaragozano que soñaba con ser torero

Esta entrada fue publicada en General y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *