Ayer era día de “patriotas” de boca, noche de Eurovisión. De España cero points y el personal, consciente o inconscientemente se limitó a eso, a recrear una vez más la España más penosa. La que “la viste de blanco” y a continuación, la tira al barranco. La del si ya lo sabía yo. La que, más que de un éxito, en el fondo, se alegra de un fracaso, posiblemente porque en el escarnio a éste encuentra un escape a su propia insignificancia. Ahí donde encuentra cualquier punto donde apoyar su razón o sinrazón.
Ayer, un cúmulo de circunstancias nefastas privó a los dos bandos que más chillan en los toros de alzarse con el “triunfo”. Los palmeros del ganao, mal que les pese reconocerlo, no pueden hoy llenarse la boca con las múltiples virtudes del paleto y su producto, ni los palmeros del torero pueden sacar pecho siquiera por el terno que lució la criatura. Pese a eso, esa media docena “de elegidos” por ambos bandos que es la que más ruido hace, no se priva. Y a estas horas, ahí andan los dos, metiendo el dedo en el ojo al de enfrente. Viva Goya.
Eso sí, los unos se callan que la corrida con otro hierro no hubiera salido del camión. Que de no ser por las inconfundibles hechuras, las caritas de rata y los pelos, podía ser de Victorino o de la granja San Francisco y que pese a “detallitos”, salieron al ruedo tan ausentes como el matador. Y los otros, siguen jaleando absurdamente a quien sencillamente no estuvo allí. Debajo de aquel amasijo de colorines del familiar capote de paseo y del traje de subalterno, no estaba Talavante. Y desde que puso el pie en el ruedo, su mirada, huérfana ya de las gafas de sol que lucía en el spot, apareció más perdida que de habitual. Lo delató.
Se esfumó el sueño que el resto, la mayoría silenciosa e ilusionadamente expectante, abrazábamos.
Ayer conforme avanzaba la corrida, tuve una pensamiento constante: cómo explicar a la población civil lo ocurrido. A esa gente cuya curiosidad por la Fiesta fue avivada con la impecable puesta en escena previa. A esa gente que de unos días a esta parte aunque fuera mínimamente pero habíamos conseguido meter en la cesta de la expectación. Gente que seguramente se habrá enterado ahora de quién es Talavante y que el nombre de Victorino les sonaba a campanazo del pasado. No sé qué decir de ayer, ni a los que saben de esto ni a los que se incorporaron con el anuncio. Tan sólo sé que estoy triste. Me da igual quien puso más en el fracaso, la cuestión es que está ahí y no lo sé explicar. Y fastidia no tener a estas horas un argumento válido que ofrecer pese a llevar toda la mañana pateándome portales, páginas, blogs y hojas parroquiales. Me he leído quince o veinte crónicas. He perdido la cuenta y tan sólo he encontrado alguna frase suelta en la que la frustración que llevo encuentre acomodo.
Será que mi frustración no se consuela tirando a nadie al barranco.
Por eso me quedo con lo más breve y certero de cuanto he leído:
Y mañana Dios dirá. Ya veré cómo lo explico en la oficina.
Con suerte, todos esos que levemente hicieron días atrás por querer saber de Talavante y su gesta, mañana estarán ocupados en tirar al barranco al “Sueño de Morfeo”.
De lo que no me cabe duda es que habrá que seguir caminando. Siempre.




















