Redobles de pasión para un Grande

Desde el momento en que me ofrecieron la posibilidad de tener este blog lo tenía previsto. Sabía que tenía que rendirle un homenaje pero no me decidía en qué forma. Para mí no ha sido el mejor (ese título ha de compartirlo al alimón con Joaquín Vidal) pero sí  el más Grande. Y, le pese a quien le pese, el más difícil de olvidar.
Me evitaré parte de la retórica que se emplea las pocas veces que se quiere hablar bien de él y también las razones de sus detractores. Lo dejaré en que, sólo por la cantidad de registros distintos de su pluma, merece la pena releer una y mil veces sus crónicas. Algunas, joyas auténticas para quienes, todavía más que los toros, lo que nos gusta es escribir. Y leer.  Ese ir del humor más ácido, de la mayor perversión al sentimiento más noble. De la ira más terrible a la más insuperable dulzura. Impío con lo que consideraba  injusto.  Sensible hasta rozar lo poético ante la naturaleza, su gente  o la tragedia pero siempre con raza, con fuerza, con sentimiento. Con una convicción, una forma de defender su verdad, memorables.

Hace pocos días, viendo por televisión cómo se expresaban los amigos de Paco Valladares en su sepelio, comentaba en casa lo estúpidas, por lo manidas y vacías -cuando no imperdonablemente cursis- que resultan las palabras en esas ocasiones. El calendario ha querido que este año, apenas comenzando con mi blog, hoy 5 de abril sea Jueves Santo y los tambores aragoneses se me cuelen por la ventana y me arrastren -aunque sea  de una manera mitad agnóstica mitad creyente- con su raza, su fuerza y su sentimiento al misterio de la muerte, a entonar un año más la elegía que es la Semana Santa. Hoy, 5 de abril, hubiera cumplido 79 años Alfonso Navalón Grande. No se me ocurre mejor homenaje que el de transcribir aquí el  obituario más impresionante que he leído a la muerte de un  torero. Elegía magistral a un  modesto, a José Falcón, torero portugués muerto en la plaza de toros de Barcelona en agosto de 1974.


“Avisa a Falcón, que puede con todo”

Por la mañana, cuando el tren me traía de Gijón he leído tu muerte en los periódicos. Y pronto sentí que el dolor del amigo también quería reventar las femorales el alma y  esa rabia sorda, casi atea, dudando de lo justo me hacía gritar sin palabras.

¿Por qué ha tenido que morir el más valiente y el más humilde de los toreros? No quiero pensar en ese niño que ya no podrás acariciar. No quiero pensar en la casa chica de las afueras de Vila Franca de Xira donde tu madre nos daba las ciruelas frescas aquella mañana cuando íbamos a Lisboa a torear un festival. No quiero pensar en tus banderilleros llorando por los pasillos de la enfermería de Barcelona, ni en esa mujer, embarazada de gozo y de tragedia.

Esta noche, mientras llegan los toreros, me he marchado a Candás para preguntarle al Cristo de los Marineros por qué no tuvo tiempo para taponarte la cornada, para preguntarte por qué el pitón de la muerte no quiso chocar contra esa medalla de plata que compramos después de esos días de pescar en la mar con la barca que lleva mi nombre y de torear en la playa, entre chorros de arena y salitre.

Esta noche, cuando ya no volverán a ahogarte las taleguillas, nos hemos sentado en la tarberna del muelle con Ramón, el de la cofradía de pescadores, porque Pekín el de la Rizosa dijo que tenía que echarse a la mar de madrugada, como aquel día que te pusiste el traje de agua y volviste cargado de salmonetes para que nos los guisaran, de camino, en la Venta de la Tuerta. Esta noche, te estaban llorando los marineros de Candás, recordando tus pares de banderillas en la arena mojada del puerto. Y todos nos hemos preguntado ¿por qué?

Esta noche, yo me pregunto si no estaremos todos locos al sentarnos en un tendido, con el pudor y la panza repleta, a decir que el natural no es así, mientras un hombre como tú puede estar ya sentenciado a muerte. Esta noche pienso en Andrés Luque Gago que también pudo morir en Valencia; o en Galán, que estuvo a punto de quedar amortajado contra la barrera de Vitoria. Y siento ganas de huir hasta que las encinas escondan mi dolor en sus tristes ramos color ceniza.

¿Por qué tenías que ser tú? El más valiente, el más honrado y el más humilde de todos los legionarios del toreo… Tú sabías que tenías derecho a más. Sabías que en el festín de las taquillas, solo te dejaban las migajas amargas de las corridas duras. Pero te resignabas con esa admirable dignidad de los mendigos de la gloria. Para los otros las corridas fáciles, los pitones mochos y el dinero largo; para ti, el trago de la bilis y los veinte mil duritos. “Avisa a Falcón, que puede con todo”. Como Dámaso Gómez, como los que van de fuerza de choque para las glorias ajenas. Si alguien se hace millonario, serán los otros; si alguien tiene que caer, os toca a vosotros. “Avisa a Falcón que puede con todo”. Y te llamaron para aquella tienta tremenda de Filiberto Sánchez, donde temblábamos al ver salir las vacas del chiquero. Y te llamó Victoriano para someter aquellos puñales de las vacas cárdenas en esa plaza donde han hecho el ridículo casi todos, menos tú y Dámaso o el Paquiro. Y te llamaron a casa de Arranz aquel día para tentar los toros viejos que sobraron de la temporada cuando el “Español” despanzurró un caballo y luego te llevó colgando de un cuerno hasta que te soltó, rebotando contra el cemento del burladero.

Y tú lo sabías. Sabías que cada contrato era una pena de muerte con la incógnita del indulto. Sabías que, cada tarde, te tocaba matar lo que no quería nadie. Sabías que un resbalón o una duda eran una cornada gorda. Sabías que tenías rajadas las piernas. Pero eras tú, como los sufridos “pedreiros” de tu tierra cuando van a Francia en busca del coche para volver al pueblo el día de la fiesta con un tocadiscos estereofónico… Y dejando atrás muchas horas de injusticia y soledad atenazadas a la garganta.

Cada tarde te vestías para matar la de Miura en Bilbao; no pensabas que al día siguiente saldrían los del serrucho para los del medio millón. Cada tarde te hacías a la idea de que peor estabas en el pueblo cavando viñas y pedías las banderillas para clavar los mejores pares de esta época, sin que te los aplaudieran tanto como estos frívolos regates de los que se hacen pasar por banderilleros de postín. Y luego, dejabas tus ochenta kilos aplomados en las zapatillas quietas, por si, a fuerza de que te vieran jugarte la vida, te querían poner en la próxima de Miura, o en la corrida pueblerina de los alrededores.

Me subleva pensar que te has muerto. Me subleva pensar que tu sangre la van a utilizar para justificar trampas ajenas. Porque vosotros, los legionarios honrados de las corridas desesperadas, sois todavía lo único verdadero que pisa los ruedos.

“Avisa a Falcón que puede con todo”. Y tu leyenda me suena a canallada, mientras aquí te lloran tus amigos los pescadores, y ya no me atrevo ni siquiera a preguntarle al Cristo de los Marineros por qué no puso delante de la cornada aquella medalla de plata.

(Artículo extraído del libro de Paco Cañamero “Escribir y torear”.)

PD. Sirva de paso el homenaje para Jesús. El hombre que desde tierras farinatas mantiene vivo el recuerdo de Alfonso a través de la página www.alfonsonavalon.es  y que, por si todavía a estas alturas alguien no conoce, invito a visitar.

Acerca de Elena Pérez

"Se torea como se es" J. Belmonte (y se vive, y se piensa, y se escribe...) unadeldos@hotmail.es
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2 respuestas a Redobles de pasión para un Grande

  1. Inma dijo:

    Qué buen artículo Elena. A los que nos gusta leer de todo, entendidos o no de la Fiesta, esto es para tener en cuenta lo que se sufre, lo que dejan en el camino tantos valientes. Y para esos otros que los ven, que les dan voz. A esos narradores del arte que muchos lleváis dentro. Enhorabuena.

  2. soledad navalon-grande dijo:

    GRACIAS MIL GRACIAS Y MILLONES DE GRACIAS A TODAS ESAS MARAVILLOSAS PERSONAS QUE SIGUEN HACIENDO QUE “ÉL” SIGA VIVO ENTRE NOSOTROS, NO SÓLO “GRANDE” SINO “DOS VECES GRANDE”.,……. ES ALFONSO NAVALON GRANDE.
    TE QUIERO MÁS QUE NUNCA, TU HIJA….. SOLEDAD

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