Desenredando los sentimientos

Una semana ya y todavía seguimos sin poder sacarnos de la boca, de los ojos y del alma a Víctor Barrio. Y eso sería lo de menos si a la vez no tuviéramos los sentidos alerta por los desgraciados “efectos colaterales” de su fulgurante llegada a la gloria. A todas las glorias.

Una semana ya y todavía me invade una resaca rara. A la consternación (hay que empezar a llamar a las cosas por su nombre, considero el dolor un patrimonio demasiado íntimo para hacerlo colectivo) del hecho me he visto obligada, como todos,  a añadir una mezcla de sentimientos de muy difícil digestión. Del asco, la rabia y la repugnancia que me han producido los insultos y vejaciones ya conocidos por todos, ya hablaremos. Y de tantas y tan variadas sensaciones que necesito asimilar y sacar de mí.

Me encuentro con el ordenador plagado de pantallazos, fotos robadas, tuits guardados. Enlaces a artículos de todos los colores. Supongo que los sentimientos nunca deben ser objeto de crítica y menos en estas condiciones pero…  Pero como no soy de regodeo sentimental o mejor dicho, mi sentimentalismo posiblemente vaya por unos derroteros muy distintos a los de la mayoría, a la hora de recapitular se me hace especialmente difícil dar suelta a mis monstruos. Quiero escribir pero considero innecesario volver a contar. Contar una tragedia… más que nunca habrá que ir poco a poco, evitar a toda costa el manoseo.

Repaso el después de y para ello me voy al mismo momento en que los capotes intentan apartar al toro de su presa o  a la estampa lorquiana en que los toreros  arrancan la agonía de los brazos de la arena. Y, señores de la prensa taurina, ésas y no otras deberían ser las únicas imágenes aceptables de la noticia. Por eso mismo, porque es una noticia, siempre he mantenido que lo que es es y no admito rasgamientos de vestiduras con el “que no se vea la sangre” (que no es lo mismo que el difundir por difundir de profesionales, particulares y mediopensionistas sobre lo cual podría escribirse todo un tratado). Informar, siempre pero, en este caso, el regodeo macabro de algunos medios taurinos o acreditadas secciones taurinas de medios generalistas es vomitivo.

¿Es necesario recurrir insistentemente a dos de las imágenes  más duras de la historia gráfica de la tauromaquia, diseccionandolas merced a la técnica y mostrando el más ínfimo detalle, ese gesto de dolor en el instante mismo de ser prendido o esa mueca cuasi grotesca que deja el estertor contra el suelo?  Por no hablar de la difusión de imágenes como las que cierto portal taurino colgó en una plataforma de video a escasas horas de la tragedia y en las que por mostrar, hasta la introducción en el furgón fúnebre del cuerpo inerte envuelto en paños quirúrgicos o esa provocación al morbo pueril enseñando sin querer mostrar el féretro descubierto en el velatorio. Obviaremos el menudeo sensiblero e inevitable, supongo,  que siguió al entierro y que continuará goteando por un tiempo.

Frente a esto, auténticas lecciones magistrales. Imágenes que superan con mucho a las manidas mil palabras. Pura poesía. La mirada perdida de Curro Díaz inmortalizada por Andrè Viard, y  la fidelidad estoica de esa toalla en las manos abatidas de Pepe García, mozo de estoques de Barrio, plasmada por José Salvador para Aplausos.

Con ellas me quedo y les dejo, mientras continúo tratando de desenredar mis sentimientos.

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Acerca de Elena Pérez

"Se torea como se es" J. Belmonte (y se vive, y se piensa, y se escribe...) unadeldos@hotmail.es
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