El “sainete” taurino mejor contado de la historia.

15 de agosto. El día más taurino del año, dicen. Día que, pese a portadas de periódicos como las de hoy, con ese Illumbe que, por lo que leo,  se me antoja mitad Real mitad ficción, pese al relumbrón de ferias provincianas (benditas ellas), pese a todo, a mí me sabe a talanquera, a pueblo perdido de Dios,  a “ruina se llamaba la vaca”. Aunque no lo he vivido, lo siento así.

Será que he vivido poco si por vivir se entiende lo que la gente cuenta y, seguramente, he leído demasiado, que no deja de ser la manera de vivir más vidas además de la propia. De entre lo que he leído, Cela. Por mil razones. Me importa un bledo que últimamente no sea “bien” entre el culturetismo admirar su literatura.

No se me ocurre mejor día para compartir una joya, algo olvidada, de nuestro Nobel.

EL GALLEGO Y SU CUADRILLA

Al doctor don Mariano Moreno que me cosió el cuello

En la provincia de Toledo, en el mes de agosto, se pueden asar las chuletas sobre las piedras del campo o sobre las losas del empedrado, en los pueblos. 

La plaza está en cuesta y en el medio tiene un árbol y un pilón. Por un lado está cerrada con carros, y por el otro con talanqueras.  Hace calor y la gente se agolpa donde puede; los guardias tienen que andar bajando mozos del árbol y del pilón. Son las cinco y media de la tarde y la corrida va a empezar. El Gallego dará muerte a estoque a un hermoso novillo-toro de don Luis González, de Ciudad Real. 

El Gallego, que saldrá de un momento a otro por una puertecilla que hay al lado de los chiqueros, está blanco como la cal. Sus tres peones miran para el suelo, en silencio. Llega el alcalde al balcón del Ayuntamiento y el alguacil, al verle, se acerca a los toreros. 

—Que salgáis.

En la plaza no hay música, los toreros, que no torean de luces, se estiran la chaquetilla y salen. Delante van tres, el Gallego, el Chicha y Cascorro. Detrás va Jesús Martín, de Segovia. 

Después del paseíllo, el Gallego pide permiso y se queda en camiseta. En camiseta se torea mejor, aunque la camiseta sea a franjas azules y blancas, de marinero. 

El Chicha se llama Adolfo Dios, también le llaman Adolfito. Representa tener unos cuarenta años y es algo bizco, grasiento y no muy largo. Lleva ya muchos años rodando por las plazuelas de los pueblos, y una vez, antes de la guerra, un toro le pegó semejante cornada, en Collado Mediano, que no le destripo de milagro. Desde entonces, el Chicha se anduvo siempre con más ojo. 

Cascorro es natural de Chapinería, en la provincia de Madrid, y se llama Valentín Cebolleda. Estuvo una temporada, por esas cosas que pasan, encerrado en Ceuta, y de allí volvió con un tatuaje que le ocupa todo el pecho y que representa una señorita peinándoe su larga cabellera y debajo un letrero que dice: “Lolita García, la mujer más hermosa de Marruecos. ¡Viva España!” Cascorro es pequeño y duro y muy sabio en el oficio . Cuando el marrajo de turno se pone a molestar y a empujar más de lo debido, Cascorro lo encela cambiándole los terrenos, y al final siempre se las arregla para que el toro acabe pegándose contra la pared o contra el pilón o contra algo. 

—Así se ablanda— dice.

Jesús Martín, de Segovia, es el puntillero. Es largo y flaco y con cara de pocos amigos. Tiene una cicatriz que le cruza la cara de lado a lado, y al hablar se ve que es algo tartamudo. 

El Chicha, Cascorro y Jesús Martín andan siempre juntos, y cuando se enteraron de que al Gallego le había salido una corrida, se le fueron a ofrecer. El Gallego se llama Camilo, que es un nombre que abunda algo en su país. Los de la cuadrilla, cuando lo fueron a ver, le decían: 

—Usted no se preocupe, don Camilo, nosotros estaremos siempre a lo que usted mande. 

El Chicha, Cascorro y Jesús Martín trataban de usted al matador y no le apeaban el tratamiento: el Gallego andaba siempre de corbata y, de mozo, estuvo varios años estudiando farmacia. 

Cuando los toreros terminaron el paseíllo, el alcalde miró para el alguacil y el alguacil le dijo al de los chiqueros: 

—Que le abras. 

Se hubiera podido oír el vuelo de un pájaro. La gente se calló y por la puerta del chiquero salió un toro colorao, viejo, escurrido, corniveleto. La gente, en cuanto el toro estuvo en la plaza, volvió de nuevo a los rugidos. El toro salió despacio, oliendo la tierra, como sin gana de pelea. Valentín lo espabiló desde lejos y el toro dio dos vueltas a la plaza trotando como un borrico. 

El Gallego desdobló la capa y le dio tres o cuatro mantazos como pudo. Una voz se levantó sobre el tendido: 

—¡Que te arrimes, esgraciao!

El Chicha se acercó al Gallego y le dijo:

—No haga usted caso, don Camilo, que se arrime su padre. ¡Qué sabrán! Éste es el toreo antiguo, el que vale. 

El toro se fue al pilón y se puso a beber. El alguacil llamó al Gallego al burladero y le dijo: 

—Que le pongáis las banderillas. 

El Chicha y Cascorro le pusieron al toro, a fuerza de sudores, dos pares cada uno. El toro, al principio daba un saltito y después se quedaba como si tal cosa. El Gallego se fue al alcalde y le dijo: 

—Señor Alcalde, el toro está muy entero, ¿le podemos poner dos pares más?

El alcalde vio que los que estaban con él en el balcón le decían que no con la cabeza. 

—Déjalo ya. Anda, coge el pincho y arrímate, que para eso te pago. 

El Gallego se calló, porque para trabajar en público hay que ser muy humilde y muy respetuoso. Cogió los trastos, brindó al respetable y dejó su gorra de visera en medio del suelo, al lado del pilón. 

Se fue hacia el toro con la muleta en la izquierda y el toro no se arrancó. La cambió de mano y el toro se arrancó antes de tiempo. El Gallego salió por el aire y, antes de que lo recogieran, el toro volvió y le pinchó en el cuello. El Gallego se puso de pie y quiso seguir. Dio tres muletazos más, y después, como echaba mucha sangre el alguacil le dijo: 

—Que te vayas. 

Al alguacil se lo había dicho el alcalde y al alcalde se lo había dicho el médico. Cuando el médico le hacía la cura, el Gallego le preguntaba: 

—¿Quién recogió el estoque?

Cascorro.

—¿Lo ha matado?

—Aún no.

Al cabo de un rato, el médico le dijo al Gallego:

—Has tenido suerte, un centímetro más y te descabella. 

El Gallego ni contestó. Fuera se oía un escándalo fenomenal. Cascorro, por lo visto no estaba muy afortunado. 

—¿Lo ha matado ya?

—Aún no. 

Pasó mucho tiempo, y el Gallego, con el cuello vendado, se asomó un poco a la reja. El toro estaba con los cuartos traseros apoyados en el pilón, inmóvil, con la lengua fuera, con tres estoques clavados en el morrillo y en el lomo; un estoque le salía un poco por debajo, por entre las patas. Alguien del público decía que a eso no había derecho, que eso estaba prohibido. Cascorro estaba rojo y quería pincharle más veces. Media docena de guardias civiles estaban en el redondel, para impedir que la gente bajara…

( “El gallego y su cuadrilla y otros apuntes carpetovetónicos”. Camilo José Cela Ed. Destino 1955.) 

 

PD  A veces, para expresar todo lo que se lleva en la tripa y en el alma, sería necesario ser un premio Nobel. Y aún así se quedaría uno corto. 

PARA TI. CON TODA MI ADMIRACIÓN. 

Acerca de Elena Pérez

"Se torea como se es" J. Belmonte (y se vive, y se piensa, y se escribe...) unadeldos@hotmail.es
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